Historia de una Madre
Que Mâe!
Padre Humberto Pasquale SDB
1945
¡Cooperadoras de los cincuenta años de trabajo salesiano en tierras de
Portugal!
Auxiliares beneméritas de las Casas de:
Braga
Viana do Castelo
Poiares da Régua
Vila do Conde
Pôrto
Mogofores
Semide
Lisboa-Estorial
Évora
Angra-Cabo Verde
Moçambique
India
Macau
¡Cooperadoras, que vivís en
la Patria de los justos, donde la caridad es premiada!...
Cooperadoras, que trabajan a nuestro
lado, generosamente, para la re-cristianización, la formación y la salvación de
la juventud...
A todas, desde las que ponen
sumas abultadas en nuestras manos, para transformarlas en pan para nuestros
desamparados y pobrecillos, desde la más humilde que, cariñosa, dio y da su
trabajo de propaganda, porque nada posee, hasta aquella que nos acompaña en la
gran labor, con simpatía y oraciones....¡Para todas, es nuestra llamada!
Sabemos que estáis presentes,
hasta lo sentimos. Presentes con vuestro nombre, escrito en las páginas íntimas
de nuestras crónicas, en la crónica de cada Casa y que, de generación en
generación, pasa por las manos de los Hijos de Don Bosco, para deciros lo bien
que los queréis, el bien que les hacéis.
Presentes en el alma de cada
uno de los Salesianos y de muchos jovencitos y hombres, que sintieran la suave
caricia de vuestra caridad, que os deben su rehabilitación, su posición social
y todo cuanto poseen.
Ninguno os olvida. Todos os bendicen, tanto a ustedes como a sus obras.
¡Presentes! ¡Presentes! ¡Presentes!
Las madres acuden cuando los hijos lloran.
Acuden los generosos cuando el huérfano llama.
Acuden también cuando la familia está de fiesta.
¡Fiesta de nuestro cincuentenario, cincuentenario de una Obra que es
vuestra!
No podéis faltar en esta fecha faustosísima:
-Para ver el bien que habéis hecho en estos diez lustros...
-Para sentir lo mucho que os quieren, que os desean los Salesianos...
Sentiréis, más que nunca, el fervor de nuestras preces por vosotros...
Por las que viven y por las que Dios llamó a la eternidad.
¡Ninguna quedará olvidada!
Y para que quede recuerdo de
este homenaje de agradecida veneración que os tenemos, queremos dedicaros el
presente volumen.
Es la biografía de la Madre
de Don Bosco, la primera Cooperadora de la Obra Salesiana, la primera Madre de
los niños de nuestro querido Santo.
Queda muy bien el nombre de
esta mujer junto al vuestro y el vuestro ligado al de ella. Para imitar sus
obras y las vuestras, encerradas en el catálogo elocuente de las Casas
Salesianas, y para decir a todos, los milagros de tanta caridad y la bondad de
vuestro corazón.
Un ramillete de nombres, rico
y venerado, que será conservado entre nosotros y que los hijos de nuestros
hijos bendecirán.
No hay obra, fundada por un
hombre, que no haya tenido a su lado, acompañándolo, un corazón de mujer.
Y ni en las obras y ni en los
hombres se olvidan de estas beneméritas.
No os olvida en el Cielo la
Virgen Auxiliadora, que inspira todo lo que se hace entre nosotros, no os
olvida nuestro Padre, el Santo de gratitud delicada y vivísima.
Este humilde trabajo lleve a
todas, a cada una de vosotras, conocidas o no, pero siempre estimadas, el
homenaje sincero de todos estos sentimientos.
Mogofores, 31 de enero de
1945
Fiesta de San Juan Bosco
Salesianus.
(Seudónimo del P. Pasquale).
Una cuna de nuevo se anima y un ser pequeñino llora. Los padres, los hermanos, los vecinos, todos quieren ver, quieren mecer este ángel aparecido, frágil y rosadiño, que mal se mueve en la blancura de las ropas. El tierno botoncito es el tercero de los cinco hijos con que la Providencia quiso regalar a la virtuosa familia, una vez más de fiesta.
Llevada a la pila bautismal
el mismo día que nació, se le puso el nombre de Margarita. Hasta el nombre
anunciaba que la niña debía ser una flor.
Etimológicamente la palabra
significa: Regalo del Cielo. Todo hijo es un regalo del Cielo y como regalo lo
reciben en los buenos hogares donde la moral y la religión son vigorosos y la
pequeñita de estos modestos labradores fue un presente precioso y bien
estimado. ¡Qué lástima cuando esto no sucede!
Mas que las caricias, más que los bienes de fortuna, acarician la cuna
las virtudes acrisoladas de los padres, cuya bondad era proverbial entre sus
vecinos y hasta en los alrededores. La virtud, por sí misma, se impone e
irradia.
Fue el día primero de abril
de 1788, que Margarita sonrió por primera vez a los suyos y a la vida. Poco
sabemos de su infancia, pero podemos conjeturarla por los frutos que ella dio,
en su vida, en su edad juvenil y en su ancianidad.
Por los frutos del otoño se
mide la florescencia primaveral y entonces el hombre recoge lo que sembró.
“Piedad y trabajo” forman el
camino por el que los padres llevan a sus hijos. Piedad y trabajo, dos
palabras, que bien conjugadas, orientan una vida.
Otras dos palabras que marcan
los términos de la vida: Dios y el deber, los enemigos del vicio y del egoísmo,
y que abarcan el bien de todos los hombres. Del alma y del cuerpo, sin
contraposiciones ni sobreposiciones; el alma a mandar, el cuerpo a obedecer y
Dios para iluminar todo.
Es la realización de una
sólida pedagogía, de la verdadera pedagogía.
Margarita saldrá siempre
victoriosa, gracias a este ejercicio con que la sabiduría de sus padres la
orientaron en la vida. Conciencia recta, franca en el hablar, decidida en sus
actos, y en todo muy ágil y desenvuelta.
En estas frases se resume el
poema de su mocedad y el panegírico más bello que se puede hacer de una
jovencita cristiana. A su firmeza a defenderse de cualquier trampa mora, se une
el guiarse por la rectitud que no le consiente nada que contraste con la
voluntad de Dios, cuyo nombre ha aprendido a respetar, a invocar y a amar, por
eso su ser tan desenvuelto nos revela su inteligencia y el tino de su rara
actividad. ¡La mujer de las Escrituras está reproducida en ella con fidelidad!.
En los días de fiesta, las
amigas iban a buscarla. Les parecía muy justo una hora de holganza después de
una semana de trabajo. Los campos floridos y las verdes colinas parecían
sonreír e invitaban a pasear.
-Pero, ¿y mis padres?
–respondía Margarita- y además, miren, yo ya di mi paseo. Fui esta mañana a la
iglesia... el camino es tan fatigante que no tengo voluntad ni fuerzas para
volver a salir.
La disculpa tiene la eficacia
y el valor de la lógica y convence sin ofender, al mismo tiempo que la liberaba
de las compañías livianas y perjudiciales.
El lector no se admire de
esta actitud. Quien bien conoce el peligro moral escondido en estos grupos de
jovencitas holgazanas, vagando por los caminos, alejados de sus casas, no se
puede sino admirarla y alabarla.
Podían insistir y tentarla
cuanto quisieran, pero ella se mantenía firme, inquebrantable.
¿Y cuando había bailes en
esta o aquella parte? Entonces las amigas la martirizaban...
-Vamos, Margarita, ven con
nosotros – le decían algunas.
-Viene gente de todas partes
y es triste que no vayamos. Nos avisaron que hay música de primera –insistían
otras.
Ella miraba sus ropas
livianas, esbozaba un aire de censura y aseguraba que no saldría de casa. Ante
las insistencias de las más obstinadas, les lanzaba una mirada seria y resuelta
y, después, la frase que les enfriaba toda efervescencia: “Quien quiere jugar
con el demonio...” y no admitía réplicas.
De hecho, tenía razón. Nunca
se podrá sobrestimar suficiente el prejuicio moral de esas danzas nocturnas que
excitaban a los asistentes. Lo más triste es que la mayoría no se dan cuenta de
esas faltas, que manchan y humillan el espíritu.
Para evitar que le salpicasen
su alma purísima y su honra, Margarita nunca cedió a tales seducciones. Mayor
cautela y prudencia usaba en las relaciones con personas de otro sexo.
Unos jovencitos de la región,
acostumbraban a esperarla los domingos, al verla salir para la iglesia. Ella se
incomodaba con esto, sobre todo porque tenía que salir sola, pues sustituía a
sus padres en los trabajos domésticos, cuando ellos iban a cumplir el deber de
todo buen cristiano. Tenían por tanto que relevarse, nadie de la familia
Occhiena habría dejado su Misa. La buena voluntad y la conciencia de los
deberes la tornaba industriosa y llegaba a todo.
Margarita, decidida como era,
podía haber repelido a los inoportunos con una de aquellas respuestas que
derrotan, pero, astuta y prudente, comprendía que esos medios podían ser
contraproducentes y ser causa de inconveniencias y reclamos inútiles. Prefería
defenderse de un modo más elegante y más digno.
No era jovencita de actitudes
clamorosas y trágicas. La prudencia en todo, sobre todo en hacer el bien, le
daba más derecho a sonreír en la victoria. Y también le gustaba la travesura
inocente, sin caer en la exageración ni en el abuso.
Y he aquí como realizó su
defensa: comenzó a salir de casa antes de lo acostumbrado, y durante algunos
domingos consiguió liberarse de los inoportunos que daban todas las veces...
con la nariz en la puerta.
Conocida su táctica, ellos
adelantaron también su salida. Margarita pidió entonces a una buena mujer que
le hiciera compañía. Sin embargo, algunas veces le faltaba esa buena
compañía... y los rapaces estaban prontos a acompañarla.
¿Cómo hacerle, entonces?
Margarita no se preocupaba. Los saluda, acepta su compañía y aprieta el paso...
aprisa, cada vez más aprisa. Los jóvenes tienen que seguirla casi corriendo.
Avergonzados de ese ridículo papel y cansados, no les queda sino desistir de
esa forzada marcha. Paran fatigados, no siguen a su lado, y ella continúa en
ese paso hasta la iglesia, riendo a buen reír.
Al regreso, Margarita escoge
por compañera (¡y qué escolta!) a una vieja irascible, capaz de defenderla si
alguien quisiera incomodarla.
La dignidad sabe ser
cautelosa y defenderse del enemigo, que tiene a la cobardía como su
distinción... y delante de una voluntad fuerte y resuelta, se desvanece como la
nieve al sol.
No basta querer para casarse:
es preciso agradar. Pero no se casa sólo quien se muestra. Quien vale, no
necesita de alarde y de enseñarse, porque los tesoros se guardan escondidos y
quien los quiere, los procura. Los valores físicos y morales se imponen por sí
mismos y no necesitan de brillo, de maquillaje o de cremas para seducir. En el
brillo engañoso de los colores está casi siempre armado el encanto para el
hombre superficial, fácilmente atraído por el exterior de las cosas.
El valor moral de una
jovencita está por encima de todo y es la dote más apreciable. ¡Si esto fuera
más comprendido y enseñado, en el mundo habría menos lágrimas, más alegría y
más justicia!
Y la justicia cerraría
seguramente más prisiones y levantaría más altares a la virtud, generalmente
incomprendida y menospreciada: favor que se debe a la ceguera y a la pasión de
los hombres. ¡La virtud! Flor celeste que sonríe en este pobre destierro!...
cuantas veces es convidado por hábito, casi a la fuerza y por los respetos
humanos. ¡Se hace de Dios un mendigo, se trata como tal, cuando Él es Rey,
puesto que como Rey quiere entra también en la familia!... si entrara como Rey,
quedaría siempre en ella como amigo, como el mejor de los amigos.
Margarita recibió la alianza
después de haber purificado su alma en la Confesión, y teniendo en su pecho la
Sagrada Eucaristía, recibida en una Comunión fervorosa, tal vez hubiese oído a
Jesús repetirle la oración de la Última Cena, en que instituyó el Sacramento
del Amor. “Padre mío, que sean una sola cosa, como Tú y Yo somos Uno”..y
ciertamente una novia suplicó....”Dios mío y Padre mío... que seamos uno solo y
para siempre, por el afecto, por la comprensión y por el auxilio”
El primer biógrafo de esta
esposa ejemplar dice que el matrimonio de Francisco y Margarita realizó el
precepto de San Pablo: “Cada uno de vosotros ame a su esposa como a sí mismo: y
la mujer respete siempre a su marido”
Debía de suceder así, porque
el matrimonio cristiano se sienta sobre piedra inquebrantable, conservadora de
toda unidad. Pero esto no se realiza, si falta la cooperación de los cónyuges.
Todos saben que el egoísmo vive en nosotros y es el grande enemigo de los
planes magníficos de Dios.
¡Dichosos los que luchan por
la unidad familiar, dichosos y benditos!
Una viejecita, la madre de
Francisco, la recibió con gran fiesta, puso pronto en ella su confianza y la
amó como hija. Margarita, a su vez, se aficionó también mucho a ella y la
obedecía como a su madre. Se entendieron desde el primer día, tenían el mismo
nombre y el mismo corazón.
Ambas amaban la actividad, la
economía y el hacer las cosas bien. El mismo sistema en dirigir la casa, en
educar a la familia. Bajo las vestiduras humildes de campesina, en la madre del
señor Francisco, se escondía una señora de nobles sentimientos, firmeza de
voluntad, celo en amar y hacer el bien.
Margarita, pronto se sintió
feliz y más feliz cuando, en el espacio de tres años, se vio madre de dos
pequeños. El primero, José, nació el 8 de abril de 1813. El segundo, Juan, vio
la luz el15 de agosto de 1815.
El trabajo y la buena
administración familiar daban abundantemente el pan de cada día a esta familia,
de suerte que su vivir iba remediándose.
Al timón
Bien se puede imaginar como
queda una familia con la muerte de su jefe. Siete personas para mantener,
contando a los dos criados que Margarita no tiene el valor para despedirlos. La
colecta de los campos era su sustento, pero en aquel año el estío fue tan seco,
que poco o nada entró en el granero. Los alimentos tenían un precio
exorbitante. Lo que se platica sobre ese tiempo no se podría entender, si no
fuera porque en los tiempos actuales vemos cosas peores. ¡Sólo de lo alto se
podía esperar el rocío confortador para tanta angustia!
Pero, ¿Cómo, si la revolución
barrió en muchos el sentimiento religioso?... el terrible flagelo, sin embargo,
parecía un llamado providencial para los caminos de la reconciliación con Dios.
Vinieron entonces
demostraciones de fe, poblaciones enteras, desbastadas por el hambre,
peregrinaban a los Santuarios más afamados. Con los pies descalzos, una pesada
cruz en los hombros, una cuerda al cuello... con la actitud expresiva de
“hombres-nada”, como somos todos, delante de un Dios que es infinito y
todopoderoso.
Y el salvado, se comía
amasado en lágrimas, como una limosna y con una actitud humilde a la puerta de
quienes poseían alguna cosa.
¡Mi Dios! ¿Qué será de la
pobre familia Bosco?
Las dificultades habrían
quebrado otra alma, pero no la de Margarita, la mujer fuerte y trabajadora, de
voluntad grande y grande fe, que nunca dejó que faltara algo a los suyos,
aunque en ciertos momentos llegase hasta la mengua de todo: fue cuando,
encargando a un vecino para conseguir alimento, todo el esfuerzo y diligencia
resultaron inútiles, porque no había nada en los mercados. Ante el espíritu de
todos se presentó el negro fantasma del hambre.
Margarita no se desanima,
toca a la puerta de vecinos y conocidos, esperando hallar quien le preste al
menos lo suficiente para salir de la aflicción. Nadie puede ayudarle. Reunida
entonces la familia, les dice así: “Vuestro padre, antes de morir, me recomendó
que tuviéramos confianza en Dios, venga,
arrodillémonos y vamos a rezar”.
Después de una breve oración:
“Para grandes males, grandes remedios –dice, y dirigiéndose al corral, mató el
becerro y con su carne dio por varios días, de sustento a su familia.
Mientras fue pasando el
tiempo, con la economía, con su celo y su trabajo, pasó menos mal el año de
hambre.
Madre quiere decir:
educadora. Esto encima de todo y antes de nada. La humanidad se resiente cuando
la madre se olvida de su papel. Las grandes crisis del mundo se atribuyen
precisamente a esta responsabilidad.
Mamá Margarita sentía todo el
peso de este problema y se preocupó en encararlo y resolverlo, a costa de las
comodidades e intereses personales.
Hubo quien le ofreciese una colocación
tentadora, pero la rechazó noblemente y con firmeza.
-Dios Nuestro Señor me dio un
marido y Él me lo quitó. Al morir me dejó tres hijos y yo sería madre sin
corazón si ahora los abandonase, ahora
que precisan de mí.
Insistieron, los hijos serían
entregados a un buen tutor que velaría por ellos con el mayor cuidado.
-El tutor, respondió, será un
amigo de mis hijos, pero yo soy su madre. Ni todo el oro del mundo podrá
convencerme a abandonarlos ni siquiera un día.
Muchos ignoran que éste
principio es el temor de Dios. Principio que todo lo que es útil y de todo lo
que es bueno en la vida. Pobre educación la que no se asienta sobre este
Principio. ¡Cuántas desgracias esparcidas por esos mundos!
Mamá Margarita puso el mayor
cuidado en instruir en la religión a sus hijos. Conocedora de la Ley de Dios y
de sus necesidades, enseñaba el catecismo todas las noches y se los recordaba a
lo largo del día, como lo más seguro para volver obedientes y cumplidores de
sus deberes a sus hijos.
El amor de Dios, el horror al
pecado, el temor de los castigos eternos, la esperanza del Paraíso no se
aprenden tan bien, ni se graban tan profundamente en el alma, como cuando son
enseñados por la propia madre. La catequesis de la feligresía es insuficiente
para formar al hombre. Nada tiene la fuerza de la persuasión de una madre
cristiana, que instruye con la palabra y con el ejemplo.
Cuando ella consigue que el
hijo pondere sus acciones a la luz de las enseñanzas del catecismo, entonces la
religión se torna natural, evitará instintivamente cuanto fuera menos perfecto
e instintivamente amará el bien.
Por experiencia personal,
sabía que las grandes convicciones se asientan en la educación del hogar, sabía
que la bondad se convierte en un hábito, la práctica de la virtud cuesta menos
y el hijo, así criado, tendrá que violentarse a sí mismo para tornarse malo.
En primera línea pone siempre
en sus lecciones el temor de Dios. Aun pequeñitos, enseñaba a cada uno las
oraciones y cuando eran más crecidos, todos de rodillas, rezaba con ellos en la
mañana y en la noche. El Rosario nunca lo dejaban de rezar y los preparaba para
la confesión, hasta la edad en que los
juzgo capaces de hacerlo solos.
La suavidad de sus modos para acostumbrarlos a rezar y llevarlos
a los Santos Sacramentos le dio tanto prestigio, que los hijos, aun de adultos,
nunca se alejaron de la influencia materna. A los treinta años, y aun más
tarde, respondían con la candidez y confianza de niños ante las preguntas
acerca de sus deberes religiosos.
A su Padre Juan, que
regresaba cansado de su ministerio sacerdotal, ejercido en las aldeas próximas,
le preguntaba muchas veces: ¿Ya rezaste tus oraciones?
Don Bosco, que había cumplido
con ese deber, pero sabiendo el
consuelo que le daba a su madre, respondía: “Voy a rezarlas”.
Y Margarita, continuaba: “Es
que, aunque estudies latín y teología, tu madre sabe más: sabe que debes
rezar”. No admira que, por el rodar de los años, ella fuese siempre respetada,
amada, obedecida. Delicada y sensible, iban frecuentemente a enjugar sus
lágrimas de consuelo, al verse tan venerada.
Dios, que castiga las
lágrimas de amargura que un hijo hace derramar a sus padres, recoge ciertamente
las de consolación y las guarda como un premio, con el interés con que la gente
recoge y guarda las piedras preciosas.
Debe haber sido encantador
asistir en la humilde casa de los Becchi, a las lecciones de catecismo de
aquella campesina, sentada junto a sus hijitos. A la distancia de los años, nos
parece que el calor y la religiosidad del cuadro, aún nos acaricia el alma. No
me atrevo a reproducirla, es mejor imaginarla para que no pierda sus colores y
su poesía.
Ella, la maestra, iba
repitiendo las preguntas y las respuestas, todas las veces que se necesitara,
hasta que ellos las repetían con perfección y sin vacilaciones. Cuando se
presentaba la enseñanza o la necesidad lo requería (el buen educador sabe
escoger el momento propicio y aprovechar la ocasión), contaba a sus hijos
ejemplos vividos o sacados de la Historia Sagrada o de las biografías de los
Santos.
Los premios que Dios reserva
a los hijos buenos, los castigos que inflingirá a los malos, todo se los
presenta ejemplificado de una manera impresionante, como sabe hacer la fantasía
de la gente y de un corazón de madre.
¿Y los hechos de la infancia
y de la vida de Jesús? Salían de su boca con unción y los pequeños oyentes se
lo grababan de tal modo en la memoria que nunca más los olvidaban. Pero el fin
del catecismo no es solamente instruir. No es exponer fórmulas, aunque no se
pueda prescindir de ellas. En la edad infantil, lo que no es explicado, generalmente se lo lleva el
viento.
Sin embargo, la enseñanza de la Doctrina, aunque administrada con método, claridad, animación y solidez, si no es practicado y vivido, no realiza su fin. Enseñar a hacer el bien que Dios quiere y a evitar el mal que Dios condena, es el fin principal del Catecismo.
El instruir es cosa más fácil y de menor importancia. Formar al cristiano es más difícil, es más esencial. Llevar la vida por las enseñanzas, vivir la lección, corregir lo que está en desacuerdo con el Catecismo, imitar los ejemplos de los Santos... es el ideal, el único ideal de la Instrucción Religiosa.
Mamá Margarita no era culta,
nunca estudió los principios ni los métodos pedagógicos, y fue maestra como
pocas. Mujer de inteligencia, de palabra fácil y pronta, se servía
frecuentemente del Santo nombre de Dios para conquistar el corazón de sus
hijos: -“¡Dios te ve!” –era el lema que les repetía a cada paso- “Mira que Dios
te ve.. y un día juzgará” –los amonestaba al verlos con algún rencor o al
sorprenderlos en pequeñas mentiras.
Cuando le pedían ir a jugar
al campo vecino: -“Vayan, pero recuerden que Dios estará allá también”.
Después de la lección en el
libro del Catecismo, comenzaba otra con el gran libro abierto a todos, el de la
naturaleza.
En una noche serena, apuntaba
al cielo: “Fue Dios quien creó el mundo y puso allá arriba tantas millares de
estrellas. ¡Si es tan bello el firmamento, cuánto más bello no será el
Paraíso!”
En los días primaverales,
frente al espectáculo de la aurora o de los campos floridos, les repetía:
“¡Cuanta cosa linda creo Dios para nosotros!”
Si los relámpagos y sus
truenos los amedrentaban: “¿Oís?... ¡Cómo es poderoso Dios! ¿Quién se le puede
resistir? Evitemos, por tanto, todo el pecado”.
Cuando el granizo perjudicaba
las cosechas, salía con los hijos hasta el campo para ver los destrozos y:
“Dios nos lo dio, Dios nos lo quitó, Él es el dueño y todo lo hace para nuestro
bien, pero bien sabéis que, para los malos, guarda castigos terribles y que con
Dios no se juega”.
Viendo al granero llenarse de
trigo: “Agradezcamos a Nuestro Señor, hijitos, Él es tan bueno, que quiso
asegurarnos nuestro pan de cada día”
La vida de cada uno
También la vida personal es maestra de grandes enseñanzas. Es dar prueba de sabiduría, aprovechar de ellas.
Como no le gustaba verlos
ociosos, acostumbraba decirles que el ocio es el padre de todos los vicios y
procuraba entretenerlos en trabajos o juegos adecuados a su edad. Observaba que
los pajaritos formaban el encanto de aquellos pequeñines, así que los enseñó a
hacer jaulas de mimbre y les dio lecciones sobre el alimento necesario para las
diversas especies. Después les permitió encontrar nidos y criar a los pajaritos
que más se adaptan a vivir en cautiverio. Pero, a los otros pajaritos, quería
que se respetasen.
Juanito descubrirá, cierto
día, un nido metido en la cavidad de un tronco. Por el estrecho espacio, se oía
en el fondo, las avecitas piando, Juan quedó más radiante que el conquistador
de un reino. Pero la presa no era fácil de alcanzar: la hendedura era estrecha,
la cavidad, profunda y oscura... los pajaritos seguían piando y Juanito sigue
intentándolo, inconsciente del peligro. ¡Juanito no se alejará de este tesoro,
ni a la fuerza!
Mete con fuerza la manecita y
el brazo dentro del agujero, más y más un espacio y... llega a sentirlos... a
agarrarlos... ¡Tan quietiños, son tan pequeñinos!...
¿Qué pájaros serán? El color
de las plumas lo dirá, conocía tan bien todas las familias de las aves... con
el mismo cuidado trata de sacar el brazo, pero, toda la tentativa es inútil.
¡El experto niño estaba preso en el árbol!
¿Llorar? Ni por acaso... allá
quedó tratando de liberarse, la madre, que estaba entretenida trabajando en el
campo, viéndolo agarrado al tronco y siempre en la misma posición, lo llamó:
-Madrecita, no puedo ir.
-¿Por qué no puedes?
-Estoy preso por el brazo, ya
me está doliendo.
Margarita acude hasta donde él
está. No perdió, con todo, a darle una buena lección moral. “Así, hijo mío, son
presos por la justicia de Dios y de los hombres los que se atreven a quitar lo
ajeno”.
Y he aquí otra vez a Juanito:
Cierta vez, al pie de una
planicie cultivada, observó con delicia, a un ruiseñor que llevaba comida a una
nidada de hijitos implumes. Desde entonces no pasó día sin que la pequeña
familia recibiera una visita del valiente trepador, ansioso por ver a las aves
vestidas de plumas y poderlas llevar a casa. Una tarde, una ave cruel, nunca
vista, se acercó al nido, arrebató a los pajaritos y tomó posesión del nido que
no le pertenecía, donde demás puso un huevo.
Al día siguiente, un gato
silenciosamente, se quedó con el nido y la devoró. Juanito, que asistió a todo,
se alegró. El ruiseñor, volvió al nido y habiendo visto el extraño huevo, se
quedó cuidándolo, y nace un pájaro muy feo. El ruiseñor lo crió y cuando estaba
cubierto de plumas, Juanito se lo llevó a su jaula. Pero, benditos niños, son
inconscientes de sus cosas. El pájaro fue olvidado por Juan y necesitado de
alimento, intentó huir, no lo consiguió y quedó ahorcado en los barrotes de la
jaula.
Mamá Margarita remató el caso
con su moral: -“¿Ves? El prepotente siempre es vencido por otro más poderoso. Y
este pobre, hijo de un prepotente, recibió una triste herencia. Esto es, el
nido que no le pertenecía y que le proporcionó la muerte. Así acaban
miserablemente los hijos que reciben un patrimonio conseguido injustamente. Tú
puedes agradecer a Dios que tuviste un padre que no poseía un centavo de otro.
¡Sé siempre honesto como él!
También a José le daba lindas
lecciones. Cierto día, el pequeño llevó para la casa un buho, preocupándose por
darle de comer. Sentado en el piso, teniendo al lado un cazo lleno de cerezas, le ofreció la primera, que el buho
engolió con avidez, pulpa y hueso, abriendo inmediatamente el pico para pedir
más. Después de la segunda, la tercera, la cuarta y otras más... la golosona
parecía insaciable, y el rapaciño, divertido, le servía sin regateos.
En un cierto momento, el
bicho quedó con la boca abierta, le lanzó una mirada desesperada sobre el
pequeño fue una mirada de derrotado. ¡Se entiesó, cerró los ojos y se tumbó de
lado, estaba muerto!
-“!El buho está muerto! –gime
pesaroso José a la madre.
-¿Ves a los golosos? Así es
como acaban, la intemperancia les apresa a la hora de la muerte.
La última pincelada para no
cansar demasiado al lector, porque sería triste dejarla en el olvido. Es a
propósito de un perro, que guardaba la casa de Margarita y era amigo de
sus pequeños. Tuvieron un día que
deshacerse de él, porque unos parientes, que vivían en otras tierras, se los
pidieron. Mamá Margarita se los llevó,
pero de vuelta a casa, lo primero que vio, fue al perro, cabizbajo, como quien siente
culpable. Los pequeños no le hacían fiestas, al desobediente... ¿merecía otra
cosa? El can parecía comprender que la atmósfera para él no era muy favorable y
se fue a sentar en una esquina de la casa.
Vinieron los parientes a
reclamarlo, a llevárselo, pero no pasó mucho tiempo cuando ya estaba de vuelta.
Ahora los pequeños le mostraron un grueso palo... pero el animal, en vez de
huir, arrastrándose, se acercó a ellos amigablemente, parecía suplicar que no
le pegaran, que le perdonaran y no lo expulsasen, Juan y José se conmovieron
con la escena.
Y la madrecita, pronta les
dice: “Vean, cuanta fidelidad, cuanta obediencia y amor en este bichino...si
nosotros tuviéramos con Dios al menos una pequeña muestra de esto, las cosas
del mundo correrían mejor y mayor sería la gloria que Él recibiría de los
hombres”.
-Pero los animales –observó
Juanito- hacen esto por instinto y no tiene mérito alguno.
-¿Y el amor, no está también
en nosotros por instinto y puesto por el Creador?
-Sí.
-Pero nuestro merecimiento,
cuando amamos, viene de nuestra voluntad y de nuestra razón que se someten a su
Ley. Por el contrario, a falta de mérito –concluyó Margarita- consiste en que
la voluntad y la razón, se opusieran a ese instinto, cuya voz no queremos
escuchar. Nosotras, las criaturas racionales, tenemos mucho que aprender de un
perrito tan fiel a sus patrones.
¿El comentario no alteraría
aquí la elocuencia y la oportunidad de enseñanzas de Mamá Margarita? Cada cual
hágalo para sí, lo hablará mejor y con más provecho.
La educación es un problema
muy complicado. Es fácil poner en un papel los principios de un método
pedagógico, pero difícil poner ese método en la práctica. Esa facilidad sin
embargo, no libró ni librará de que se escriban disparates pedagógicos,
volviéndose, por consiguiente responsables de anomalías familiares y sociales
de suma gravedad.
Hasta los mejores educadores
o pedagogos mejor intencionados tienen sus fallas, porque, es bueno no
olvidarnos, que nos dejamos en todas las acciones el sello de nuestro barro
imperfecto y corrupto. Grandes responsabilidades tiene quien orienta y quien
escoge el método. Debemos reconocer, que el mundo tiene sus maestros, grandes
maestros en el campo de la pedagogía. Y son los más autorizados a enseñar y más estimables y dignos de ser
oídos e imitados, cuando es Dios quien los manda a la misión especial de
educar.
Nos llega esto a la mente
pensando en el gran educador de nuestros tiempos, San Juan Bosco, hijo de
Margarita Occhiena. Todo mundo lo conoce y lo venera, como hombre de cualidades
excepcionales y por los carismas con que Dios le entregó. El Santo Padre Pío
XI afirmó que lo sobrenatural, en la
vida de este santo, llegó a tornarse natural. Y tan frecuente fue la asistencia
y la revelación de lo Alto, que todos lo ven investido de una misión especial
en estos tiempos que corren.
Este papel fue bien definido
por la voz autorizada de un augusto Príncipe de la Iglesia, que dijo de él:
“Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan”, palabras estas que el
Santo Evangelio usa para apuntar la misión singular del Precursor, Juan
Bautista.
No hay duda de que Juan Bosco
fue enviado por Dios para usar y enseñar a los hombres un método ideal, todo
evangélico y por tanto divino, de educar a la juventud. La misión de San Juan
Bosco no podía ser más providencial para nuestros tiempos, en que el problema
educativo ha sido el más discutido y explorado a punto de lanzar a la sociedad,
por una serie de errores pedagógicos, en un caos de doctrinas desmoralizadores
y en luchas fraticidas. Escogido desde hace un siglo como precursor en el campo
pedagógico, el santo no ha acabado aún su misión.
Sin querer menospreciar la
intervención divina en la vida del santo, nos parece poder y deber afirmar que
el alma y los sentimientos de su madre tuvieron gran influencia en escoger, en
el uso y en el éxito admirable del método educativo de Don Bosco, que hoy se
impone en todas partes por su eficiencia.
Aquel que, en el sueño
misterioso de los nueve años, apuntaba a Juanito su futura misión, así que se
puede afirmar ciertamente que también él tuviese una sabia y santa madre para
realizar mejor los planes de salvación para tantos jovencitos.
Lo admitimos sin
restricciones, porque Dios todo lo hace bien y así actúa en todas las cosas.
Entra en sus designios el aprovechamiento de elemento humano y de las
circunstancias naturales para las realizaciones de su sabiduría infinita.
San Juan Bosco se nos aparece
como un hombre enviado por Dios para iluminar a los hombres de la pedagogía
materialista, revolucionaria y racista y los errores de nuestro tiempo. Para
llamar hacia estos esqueletos descarnados el espíritu vital. Funke, Director de
las Escuelas normales de Westfalia, dice que “Don Bosco divinizó la pedagogía”.
No desagradará ciertamente al
lector que nos paremos a admirar, como la sabia campesina influía en el alma de ese que la Iglesia llamará justa
y sabiamente: “Padre y maestro de la juventud”. ¡Y qué padre y qué maestro!
Pero también... ¡qué madre
tuvo! De hecho, hay en el sistema de ella, los tópicos del sistema de San Juan
Bosco.
Maestra de un gran Educador
1. Margarita ponía a la religión como base de su obra
educadora. Más tarde, su hijo escribirá en las páginas de su método: “Sólo la
religión es capaz de comprender y completar la gran obra de la verdadera
educación. Sin religión, nada bueno se obtendrá de los jóvenes.
2. Margarita vigilaba
continuamente el comportamiento de sus hijos, no se los entregaba a cualquiera
y menos a sí mismos. Pero la vigilancia de ella no era aborrecida, ni como
persona que vive de sospechas, no de quien está a la espera de la falta para
castigarla, era al contrario... continua, prudente, amorosa, y Don Bosco
subraya, en la exposición de su sistema educativo:
“Los superiores asistan de
tal forma que el alumno sienta en todo el tiempo sobre sí la mirada vigilante
de sus maestros. Háblenle con afecto, acompáñenlo siempre a todas partes con el
fin de que no tenga posibilidad de cometer faltas.
“Asistir siempre a los
alumnos, como si fueran malos, pero hacerlo de manera de que se juzguen muy
estimados por nosotros.
“Los alumnos no deben tener
la impresión desagradable de ser asistidos, por eso, tomen parte en sus juegos,
acepten los gritos y la incomodidad que esto puede causar”.
3. Margarita procuraba hacer
cada vez más agradable y querida la compañía de “mamá”, dirigiéndolos, por eso
mismo, con dulzura inalterable.
El Apóstol, recomienda en la
carta a los Efesios:
“Y vosotros, padre, no
provoquéis la ira de vuestros hijos”
Y es lo que el Santo
recomienda a sus Salesianos:
“Es preciso tratar con gran
amabilidad a los alumnos. Ninguno se
juzgue dispensado de este deber. No basta que sean amados, es preciso que
comprendan que lo son.. hay que tratarlos con dulzura, y ellos nos amarán. Respetémoslos y seremos respetados.
Si pretendemos humillarlos por la sencilla razón de ser superiores, nos
tornamos ridículos. Considerémonos como padres y no como superiores”.
A los nueve años, el sueño
profético le confirmará el ejemplo de la madre: “Con la dulzura y con la
mansedumbre”.
4. La gran educadora no se
enojaba con los juegos alborotadores de sus pequeños, hasta participaba de
ellos y también les enseñaba otros.
“Prefiero vuestro alboroto a
vuestro silencio”, escribía Don Bosco. Los niños necesitan jugar. El profesor,
que aparece solamente en el aula, no pasa de ser un profesor. Pero si desciende
al recreo y se entretiene con los alumnos, entonces será tenido como hermano.
Por esta forma, obtendrá todo de ellos”.
5. La madre pensaba así: “Responder
con paciencia a sus preguntas infantiles; oírlos tranquilamente, animarlos a
hablar mucho para conocer lo que piensan y lo que sienten en sus corazoncitos”.
Y el hijo pensaba como la
madre. Oigámoslo: “El medio para atraerlos hasta nosotros, es aproximándonos
cerca de ellos, gustando y prefiriendo sus gustos y preferencias, aun las más
infantiles, dejémoslos hablar a voluntad, procurando impedir la ofensa a Dios y
para sí tener ocasión de rectificar las expresiones, las palabras y los actos
contrarios a la educación cristiana”.
6. Dice el biógrafo de Mamá
Margarita que sus hijos, encantados con su bondad, no tenían ningún secreto con
ella.
“La familiaridad con nuestros
alumnos, -dice Don Bosco- genera afecto y confianza. Es esto lo que abre los
corazones, es sólo de esta forma que nuestros alumnos dirán todo a sus
superiores. Entre ellos será desconocido el fingimiento, hablarán de todas sus
necesidades y hasta de sus defectos”.
7. La serenidad de Margarita,
su afabilidad, su sonrisa, nunca se vieron nublados. Hasta las correcciones
nunca supieron a irritación, a precipitación, a impulsividad... nunca fue mujer
de exaltaciones y gritos.
Don Bosco la copiará y querrá
imitarla para sus discípulos y sus hijos. “Corregir pronto las faltas es peligroso;
primero, el educando no tomará a bien la corrección, en segundo lugar, tampoco
al educador. Absténganse de corregir cuando estén todavía excitados o enojados,
para que los jóvenes no juzguen vuestra actitud como el desahogo de una pasión.
Olviden pronto cualquier ofensa. La frese tan común: “¡Me la has de pagar!” no
es cristiana.
8. Otra observación de gran
importancia es que tanto uno como otro nunca dejarán de amonestar, de avisar
con una constancia llena de celo. La bondad no es cerrar los ojos ni tan poco
el ser francos delante de los defectos y carácter de los hijos.
De Mamá Margarita se cuenta
en esta obra algunos hechos; de Don Bosco nos limitamos a citar aquí algunas
reglas y consejos:
“No os canséis de avisarles
cualquier falta que ellos cometan. Avísenles, enséñenles siempre, aunque tengan
faltas todos los días, llámenlos para avisarles siempre, hasta varias veces al
día, si fuera preciso. Usen maneras afables, pero sean firmes en exigir el
cumplimiento del deber. Por este método, los incorregibles, si los hubiera, al
cansarse, les pedirán salir del colegio. Sin embargo, siempre recordarán la
caridad con que fueron tratados y los consejos recibidos, reconociendo que sois
amigos sinceros. Más tarde volverán con nostalgia a visitaros, para aprovechar
de la amistad que no supieron corresponder en su juventud. La práctica enseña
que aun estos irán a ser, por vuestra influencia, ciudadanos honestos y buenos
cristianos. No hay joven aun los más rebeldes, que no tenga un camino de acceso
al corazón. El educador debe encontrar ese camino para conquistarlo”.
Aquí tenemos la clave de todo
el Sistema Salesiano: Asistir siempre y educar por el amor.
No admira que Margarita fuese
obedecida siempre, prontamente y con un afecto sin igual. ¿Necesitaba de algún
pequeño servicio? De agua, leña o de un auxilio en el aseo de la casa, de
hierba para el ganado? Una palabra, una señal a uno de sus hijos, ponía a todos
a correr en una porfía conmovedora.
Cuando la madre se ausenta
Era cosa que por sistema no
hacía. Le costaba muchísimo alejarse de casa o dejar a sus hijos solos. La
inocencia de ellos era la mayor preocupación de esta madre cristiana. No
consentía que se juntaran con personas que ella no conociera bien.
Juanito, en el célebre sueño,
manifiesta desconfianza hasta con la linda Señora que el Personaje le presenta
como Maestra de su futura misión:
-¿Quién sois vos? Mi madre no
quiere que yo frecuente la compañía de personas desconocidas...”
Y sólo le hace buena cara
cuando, para tranquilizarlo, Ella le respondió: “Yo soy Aquella que tu madre te
enseñó a invocar tres veces al día...”
La Santísima Virgen vio que
trataba con un niño ejemplarmente cumplidor de las órdenes, y que no admitía
transigencias. Para tratar con él, había que declinar hacia su identidad...
El Apóstol San Pablo exigía:
“No acrediten en la doctrina de otros, aun cuando fuera anunciada por un
Ángel”. Pero aquí está en escena la Reina de los Ángeles... y a pesar de esto,
antes y por encima de todo está la orden de la madre.
No discutimos más el caso y
concluimos: Dios respeta las órdenes de
los padres, cuando ellas son justas... y hasta se somete a ellas. No podía ser
de otra forma, porque Dios es Orden.
En el caso de Juan, hubo por
parte de la Virgen, estamos seguros de esto, un premio de aprobación, por la
obediencia a las órdenes de la madre.
Era frecuente oír esta
pregunta:
-“Madrecita, llegó un amigo,
¿podemos jugar con él?
Si la respuesta era
afirmativa, salían alegres, pero si hubiese un “no” que no admitía réplicas,
quedaban igualmente satisfechos. Ella es la que sabía la razón de esas
negativas, y en las conversaciones íntimas las explicaba: “Huyan de los malos
compañeros, como huirían de los perros furiosos”
Casi siempre, los pequeñitos
no necesitaban de las distracciones de otros. Ella se preocupaba en
conseguirles los juegos para que se entretuvieran. Y cuando la necesidad la
forzaba a salir, los recomendaba a la suegra, nunca dejando de amonestarlos, a
cada uno en particular, sobre la manera en que se debían comportar.
¡Oh! Que gran fiesta le
hacían, cuando, desde lejos, la veían regresar, sabiendo que acostumbraba
traerles alguna sorpresa, corrían a su encuentro y la rodeaban de cariño hasta
llegar a la casa.
Pero los presentes, que ellos
esperaban ansiosamente, no salían de su escondite, hasta que no respondían a
las preguntas acuciosas de Mamá Margarita.
-¿Fuiste a buscar tal objeto
al vecino? ¡Qué te dijo? Y tú, ¿qué respondiste?
-A otro de ellos: “¿Diste el
recado que te encomendé?
-A todos: ¿Fueron obedientes
con la abuela? ¿Vino algún compañero a acompañarlos? ¿A qué jugaron? ¿Hubo
algún problema? ¿Y los trabajos que os dejé para que hicieran? ¿Rezaste el
“Ángelus?”
y los pequeñitos respondían a
todo, contaban todo, hasta las culpas. Y la madre corregía, reprendía, alababa
y, por fin, les daba los tan esperados presentes.
Ni pan ni blandura
“Quien quiere ser obedecido y
respetado, primero hágase amar. El amor para con los educandos no se muestra
con caricias pero con dedicaciones, y con nuestro sacrificio en su favor; que
ellos lo vean así” escribe Don Bosco.
No es cosa arbitraria afirmar
que la madre del Santo se guiaba por estos principios. Aunque bondadosa y
amable, nunca renunció al poder punitivo que es atributo de todo educador. La
flaqueza en educar, es defecto. Allá en un rincón de la casa, tenía una vara y
no dudaba en usarla si era necesario. Sin embargo, nunca lo fue, tanto, que
nunca pegó a sus hijos. Para castigar, tenía otros medios que surtían los
mismos efectos.
¡El palo! ¡Cuántos niños
deformó! Los deformó, cuando sirvió de desahogo de la pasión del educador: la
ira, la venganza, la irreflexión, la injusticia. Por eso, preferimos las directrices de Don Bosco, conocedor
profundo del corazón de los niños, mensajero de un sistema que tiene todo el espíritu
del Evangelio. El Cielo le dirá en el sueño del que ya hablamos: “No con
golpes, sino con dulzura y mansedumbre”. Es cierto que exige en el educador,
virtud y dominio sobre sí mismo, pero es también el método más humano. Forster
dejó así este aspecto de la pedagogía del Santo: “El gran pedagogo, fundador de
una Congregación de educadores, es un recurso que humanizó la disciplina
formativa”.
En un ensayo sobre los
principios de Don Bosco en el asunto importantísimo de los castigos:
“Cuanto sea posible, no se
debe castigar, si es necesidad el exigir, sirva como regla lo siguiente: “El
educador procure hacerse amar, si quiere ser temido. La sustracción de un acto
de benevolencia ya es castigo que mueve a emulación y no a deshonra.
“Para los niños sirve de
castigo lo que usamos como castigo. Una mirada triste seria, pesarosa, causa en
la mayoría un efecto de una bofetada. Una alabanza por una cosa bien hecha, la
reprobación de la negligencia, piden servir de premio y de castigo”.
“Excepto rarísimos caos,
nunca se castigue públicamente. Hágase en forma particular, cuando sea preciso,
usando prudencia y paciencia, para que el alumno comprenda su falta, por la
razón y por la religión”.
“Nunca se debe pegar, poner
de rodillas, jalar las orejas, al culpable. Todo esto irrita fuertemente a los
educandos y deshonra al educador”.
“El castigo sistemático no da
resultado. Mejor es evitarlo vigilando y dirigiendo. Así el joven conservará
por toda su vida un odio jurado contra sus maestros. Privar una vez al alumno
de sus recreos, dejar de interrogarlo una vez o dos en el aula, ya es castigo
grave”.
“Pido en esto, mucha
prudencia y medida, quitándoles el recreo, nunca lo dejéis al viento, al sol o
a la lluvia”.
¡Cuanta sensatez y
comprensión humana, cuanto amor cristiano en estas reglas!
Preferimos este método, el
método de este hijo santo y de esta gran madre. Ni pan ni blandura, pero amor
fuerte... amor firme e inteligente, fue lo que usaron los dos para educar.
Dejemos la palabra a los
hechos. Juanito tiene entonces cuatro años. Vuelve un día del paseo con José.
Era un día de verano y los dos llegaron con mucha sed. La madre les trae una
jarra de agua fresca. Era natural que en primer lugar le ofreciera al mayor. La
buena pedagogía nunca se desmiente. Pero el más pequeño, el Juanito, no podía
entender la fuerza del acto que tenía el aspecto de una preferencia.
Cuando la madre le quiso
entregar el vaso, el pequeño, enojado, hace señal de no necesitar beber. Mamá
Margarita, como si no percibiese lo que pasa por la cabecita del niño, regresa
el vaso a la mesa. Juanito se quedó serio un instante y después, tímidamente:
-¡Madrecita!
-¿Qué quieres?
-Deme agua también a mí... si
me hace favor.
-¿También necesitas? ¿En
serio? Creí que no tenías sed.
El niño mira humilde y
conmovido hacia la madre y:
-¡Madrecita, perdóneme!
-Ahora sí, así debe ser –y
con una sonrisa de perdón, le sirve inmediatamente.
En otro momento, uno de los
dos hijos, naturalmente el más inquieto, se hace notar con un acto impaciente,
propio de esa edad. Margarita lo llama:
-Hijo mío, ¿ves aquella vara? Ve a buscarla y tráemela.
-¿Para qué, Madrecita?
-Tráela y verás.
-Ya sé, es para castigarme.
-¿No lo mereces, con esto que
haces?
-Pero yo... Madrecita, no lo
haré más.
Y a la sonrisa suave de la madre
responde el hijo con otra sonrisa. Pasada la tempestad, la lección queda para
prevenir cualquier debilidad.
Es el Santo educador el
protagonista y el historiador de sus proezas. A José también le acontecieron
algunas muy buenas, de carácter afectuoso y tranquilo, pero a veces caprichoso,
era necesario mucha firmeza para dominarlo. En esas ocasiones la madre no
cedía, lo cogía de la mano y lo obligaba a cumplir la orden que le había dado.
Josesito se dejaba caer, pegaba con los pies en el piso y berreaba.
Ella no perdía la serenidad y
no lo soltaba: “No insistas, no te suelto, aunque me tuviese que quedar el día
entero... Si el hijo insistía: “¿No vez que soy más fuerte que tú? No vencerás,
ni huirás un día de las manos de Dios que castiga a los malos, mejor es acabar
con tus caprichos a que lo hagas sufrir
a Él y a mí también”.
Ninguno tenga dudas de que
todo acabó allí. Ella sonreía al hijo en señal de perdón y todo quedaba como
antes. Pero la sonrisa y el perdón de la madre y su firmeza serán siempre un
remedio preventivo y eficaz.
Como los Ángeles
Vestidos con sus trajes de
fiesta, la cabecita orleada de cabellos ensortijados, muy aseaditos, saltan de
alegría al lado de la madre que los acompaña a Misa los domingos, así los hijos
de Margarita fueron acostumbrados desde pequeños a respetar los días santos.
Es uno de los grandes deberes
que están tan despreciados, que Dios haga comprender a los cristianos, los
delitos que cometen con esa profanación.
-¡Qué lindos niños! –decían
todos- parecen unos ángeles. Y la madre se alegraba con estas alabanzas. Sentía
que los pequeños eran, en realidad, la joya preciosa de la casa y de su alma.
Y como ángeles los quería conservar a todo costo. ¿Saben porqu