A los hermanos salesianos
Objeto: La santidad de Don Bosco recordando el
1° de abril de 1934
Queridos hermanos,
estamos viviendo el año jubilar por el 150° aniversario
de fundación de nuestra Sociedad Salesiana. Son numerosas las iniciativas que
se están llevando a cabo en las diversas inspectorías, y un vivo interés
histórico sobre los inicios de nuestra familia carismática se está difundiendo
por todas partes. Todo ello hace crecer en nosotros una mayor conciencia de nuestra
vocación consagrada salesiana y favorece una madurez carismática que puede dar
como aporte una profunda renovación de nuestra vida y misión. Con sentido de humilde
gratitud sentimos necesidad de alabar al Señor por el grande don que hemos
recibido.
Al centro de lo que estamos viviendo en este “Año
Santo” de la Congregación está la fascinación por la figura de Don Bosco, que, aún hoy, renueva en nosotros el
entusiasmo, atrae el corazón hacia una donación cada vez más plena y refuerza
la pasión por la misión juvenil. En estos días el recuerdo de su canonización,
acaecida el día de Pascua de hace setenta y cinco años por obra de Pío XI, el
1° de abril de 1934, nos ayuda a comprender que es justo su santidad la que nos
conquista. Nuestra admiración por Don Bosco crece a causa de su santidad y es
ella la que nos invita a la invocación e imitación de nuestro Fundador.
1. En mi primer letra a inicios del sexenio
pasado, con las mismas palabras del siervo de Dios Juan Pablo II, os escribía así:
“Queridos salesianos, sed santos!”. Invitaba de esta manera a hacer de la
santidad nuestro programa de vida espiritual y de acción pastoral. Al inicio de
este nuevo sexenio, el año de gracia que estamos viviendo nos propone una vez
más el compromiso de santidad como el camino principal para “ser una hermosa réplica de la Congregación”,
como proféticamente declaraba el mismo Don Bosco.
La santidad es la belleza de nuestra vida, de nuestras comunidades, de nuestra
Congregación. La santidad, que se expresa en el seguimiento radical del Señor Jesús
obediente, pobre y casto, representa la fascinación de la vida consagrada. La
santidad, vivida como donación total de sí mismo a Dios por los jóvenes pobres,
es la fuerza que procede de un testimonio veraz, capaz de suscitar y atraer
vocaciones. He aquí el porqué la santidad, junto a su arte y su liturgia,
constituye la belleza de la Iglesia. Con razón se puede afirmar por lo tanto:
“¡Solo la belleza salvará el mundo!”.
2. La santidad de Don Bosco es la garantía de
que su propuesta de vida, su escuela de espiritualidad y su modelo de acción
apostólica, constituyen un auténtico camino
evangélico que conduce a la plenitud del amor. Siguiendo la vía instaurada por
Don Bosco de seguimiento de Cristo, tenemos la certeza de realizar una vida plenamente
evangélica, donada totalmente sin condiciones, sin reservas, sin medida. En la
escuela de Don Bosco aprendemos también nosotros a ser santos.
3. La multiplicidad y variedad de las formas de santidad, florecidas durante
estos 150 años en la Congregación, entre jóvenes alumnos, en la Familia
Salesiana, son un signo de la santidad de nuestro Fundador. “La
santidad de los hijos es prueba de la santidad del padre”, escribía el
beato Miguel Rua a los directores salesianos, al enviarles el testamento
espiritual de Don Bosco, pocos días después de su muerte. La primer generación
salesiana no tenía duda alguna sobre la santidad de propio “padre e maestro”, aún
cuando no podía proclamarla antes de que la Iglesia la reconociera solemnemente.
Mientras tanto, la santidad que, en sus inicios, la Congregación
lograba vivir en el servicio de los jóvenes, aplicando el método
extraordinariamente sencillo pero igualmente eficaz utilizado por Don Bosco, habría
sido el argumento más válido a favor de la santidad del Fundador. Así, la santidad
de los hijos y de las hijas fue creciendo con el tiempo: siguiendo al padre, un
gran número de discípulos hizo propia aquella forma simpática de santidad casi
“casera”, que es “santidad del trabajo y del patio”.
4. Son tantas las figuras de santos y santas
salesianos que se han inspirado en Don
Bosco. A nosotros se nos propone el mismo camino: si queremos llegar a ser
santos, debemos mirarle a él. Somos herederos de un santo. La santidad es la más
grande herencia que él nos ha dejado. Don Bosco
nos ha legado una santidad original, hecha de sencillez y simpatía. Una santidad
que nos hace amables, buenos, sencillos, asequibles. Es esta la santidad a la
que estamos llamados, capaz de atraer a la juventud. Este ha sido el regalo de
Don Bosco a la juventud y es este el mejor don que también nosotros podemos
hacer a los jóvenes de hoy. Recordémoslo, queridos hermanos: ¡la juventud pobre
tiene derecho a nuestra santidad!
Parafraseando a Don Bosco, podemos decir que es fascinante ser santos,
pues la santidad es luminosidad, tensión espiritual, esplendor, luz, dicha
interior, equilibrio, limpidez, amor llevado hasta el extremo. Y también la
Iglesia, a través del Vaticano II nos recuerda que “todos en la Iglesia están llamados
a la santidad” (LG 39). Ello es una
prioridad del nuevo milenio: “Sería contradictorio contentarnos con una vida
mediocre, vivida bajo el signo de una ética minimalista y de una religiosidad
superficial… Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este
«alto grado» de la vida cristiana ordinaria” (NMI 31).
La santidad no debe intimidarnos, casi como si nos pidiera vivir un heroísmo imposible, reservado a
pocos privilegiados. La santidad no es obra nuestra, sino que es participación
gratuita de la santidad de Dios, por lo tanto es una gracia. Es un don, más que
fruto de nuestro esfuerzo. Toda la persona es introducida en la esfera
misteriosa de la pureza, de la bondad, de la gratuidad, de la misericordia, del
amor del Señor Jesús. Es entrega total de nosotros, en la fe, en la esperanza y
en el amor a Dios; una entrega que se actúa día con día, con serenidad, paciencia,
gratuidad, aceptando las pruebas y las dichas cotidianas, con la certeza de que
todo tiene sentido ante Dios.
La santidad de Don Bosco refulge con esplendor,
con esperanza y con la dicha de la Pascua. El júbilo del día de Pascua del 1° de
abril de 1934, vivido en la Plaza de San Pedro el día de la canonización, coloca
la santidad de Don Bosco en una luz pascual. Ante la inminencia de la Pascua de
este año de gracia 2009 invito a todos a vivir, con gozo y renovado compromiso,
este camino de santidad como novedad de vida.
Cordialmente en el Señor
Don
Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor