Mamá Margarita

La madre de Don Bosco

Basilio Bustillo S.D.B.

 

 

Margarita: una mujer

llena de ideales maternos;

que no se desalienta

en la ruda tarea de educación

de los hijos;

Que enseña a guiarlos

por el camino del deber;

Que abre los ojos

a sublimes tareas esperadas...

Una mujer iletrada,

escultora del corazón de un santo:

¡La madre de Don Bosco!

 

Preámbulo

 

Fue Juan Bautista Lemoyne quien escribió en italiano la historia amena y edificante de la vida de Mamá Margarita. Fue en el año 1886. el autor no conoció a la madre de Don Bosco. Pero oyó su historia de labios de su hijo, en aquellas largas charlas invernales tenidas con él, recogido en su aposento, cuando ya no podía resistir la luz artificial. Recibió informes de antiguos alumnos del Oratorio, ya hombres, los cuales no se cansaban de repetir los cuidados maternos que Mamá Margarita les prodigaba en su niñez y contaban con gozo escenas y consejos de cuando vivían con aquella mujer fuerte, generosa y caritativa.

 

Por abril de aquel año iba Don Bosco a España. A su paso por Tolón le dijo a su insigne bienhechor el conde Colle que se preparaba la biografía de su madre. Desde Barcelona escribía su secretario, Carlos Viglietti, a Lemoyne encargándole, de parte del santo, que <se dirigiera a don Francisco Giacomelli (compañero de seminario de Don Bosco y su confesor durante los últimos doce años de su vida) para conocer los detalles de la muerte de Mamá Margarita>.

 

El día 24 de junio de aquel año se celebró la acostumbrada fiesta onomástica a Don Bosco en el oratorio, y el número más notable de la velada, celebrada en la víspera, dicen las memorias biográficas (vol. XVIII, 138), fue la presentación de la Biografía de Mamá Margarita, escrita por Lemoyne.

 

El autor la entregó con el siguiente soneto:

 

Al llegar hoy el día de tu fiesta

quise darte una prenda de mi amor,

poniendo una corona en tu testa

perfumada con pétalos de tu flor.

 

Fui al jardín a llenar mi pobre cesta

con flores siempre vivas; ésas cuesta

encontrarlas: sólo las tiene Dios.

 

Y subí para ti la más bonita

que no pierde el aroma y el color:

es tu madre, ¡se llama Margarita!

 

La biografía agradó mucho a Don Bosco, que leía de cuando en cuando algunas de sus páginas, con lágrimas en los ojos, como un día dijo al mismo autor.

 

Y habiéndoles éste respondido que le complacía mucho haberle causado aquellas lágrimas de consuelo y de cariñoso recuerdo, el buen Padre estrechándole la mano le dijo:

-¡Gracias!

Y no añadió más.

 

Afirmaba el autor que doquiera resonaba el nombre bendito de Don Bosco se bendeciría también el de su madre. Y el tiempo le ha dado la razón. La profecía se ha cumplido.

 

Aquí tienes, lector, un precioso retrato de la mujer fuerte de los proverbios <cuyos hijos se levantan y la llaman dichosa>.

 

¡Madrastra!

 

Antonio puede tener sus doce años. Aquel día, con los puños cerrados, cargado de mal humor, no se cansa de barbotar:

 

-Madrastra, más que madrastra... si no fuera porque...

 

La madrastra clava sus tranquilos ojos en los irritados del muchacho. Retrocede un paso y le dice:

-No tienes razón. Podría castigarte como te mereces, pero no lo hago. Yo no pego a mis hijos.

 

Y se retira, dejando plantado al atrevido mozuelo.

 

¿Quién era esa maravillosa mujer, tan dueña de sí misma, que sabe contener su brazo nervioso y para en seco la violencia encolerizada del muchacho?

 

 

Margarita

 

Esa mujer es Margarita. Ese es su nombre de pila desde el 1 de abril de 1788.

 

Lleva en sus carrillos el aire de la verde campiña en que ha nacido: las tierras del Monferrato piamontés. Su tez fresca conserva todos los encantos de la juventud, pero ya es viuda, porque su marido acaba de morir, víctima de una pulmonía fulminante, ha dejado en sus manos las riendas de la casa.

 

Una casa tan pobre como las otras ocho o diez, cuyas chimeneas humean en lo alto de la colina de I Becchi.

 

 

¡Todo un trío!

 

También le ha dejado tres hijos.

 

Bueno, Antonio, el mayor, es hijastro de Margarita, porque nació del primer matrimonio de papá Francisco. Tiene nueve años más que sus hermanastros. Es de carácter violento. Anda orgulloso de sus puños, aunque sabe aguantarlos casi siempre.

 

José, caprichosillo en ocasiones, resulta normalmente pacífico y Juan, niño inteligente y formal, posee un natural voluntarioso, con mucha imaginación, mucho corazón y un sentido innato del deber. Juntos forman un trío nada fácil de llevar.

 

Cuando José se encapricha, prefiere rodar por el suelo antes que obedecer a su madre.

 

Y Margarita, sin perder la sonrisa, le toma de la mano y le arrastra diciendo:

 

-No valen caprichitos, nene; tengo más fuerza que tú y bien sabes que la mamá no cede.

 

Tiene un secreto poderoso esa mujer: su sonrisa. Gobierna con ella más que con la vara que guarda en el rincón de la cocina.

 

Aquella vez fue Juanín, que también él tiene sus antojos y sus golpes.

 

-Tráeme la vara.

-¿Para qué?

-Tráela y lo verás.

 

Juan obedece.

-¿Me va a medir las espaldas con ella?

¿Y por qué no, con las faenitas que me haces?

 

Las palabras abren la sonrisa y evitan el castigo.

 

 

La suegra

 

En el cuadro familiar de Francisco y Margarita aparece también la madre de Francisco. Una viejecita, la mejor de las enfermas. Mujer de gran conformidad y dulzura. La abuela más respetada, en el trono de la veneración de aquel humilde hogar. Pasa la mitad del tiempo en le lecho del dolor o en la calma del sillón, desgranando las cuentas del rosario.

 

Se pone de rodillas con la nuera y con los nietos, para repetir cada mañana y cada noche: <hágase tu voluntad... el pan nuestro de cada día, dánosle hoy... perdónanos nuestras deudas... >

 

Ella es la que un día animó a su hijo Francisco, viudo prematuramente, para casarse con Margarita: -No lo dudes, lleva el nombre de flor. Y lo es.

 

 

¡Y qué Flor!

 

Entre los bosques, viñedos y praderas de Capriglio estaba aquella flor. Crecía entre los suyos –Melchor, su padre y Dominga, su madre- con muy pocas ambiciones. Los cuidados de casa y de los campos. Con vaquillas por los prados. Pájaros en la arboleda. Y campanas que cubrían de algarabía las cumbres de las colinas.

 

Margarita es la alegría de su casa. Tiene un temperamento vivo. Es una chica prudente, piadosa y decidida. Se habla por los cortijos de su rara habilidad para huir de compromisos.

 

-¿Te vienes con nosotras? –le invita el grupo dominguero.

-No, muchas gracias.

-Un paseo sienta bien.

-Ya anduve esta mañana mis cuatro kilómetros para ir a misa, muchas gracias.

 

A pesar de sus negativas, vuelven a la carga otros domingos.

-¿Hoy sí que nos acompañas, verdad?

-¡Y a donde van tan guapas?

-Al baile. Hay una música estupenda.

-¡Qué lástima! No puedo ir.

-¿Por qué?

-No se enfaden. Pero prefiero quedarme en casa en compañía de los míos.

 

La ducha de agua fría, calentada por su simpática sonrisa, impide enrojecer las mejillas de nadie.

 

Margarita no parece una flor para la solapa de ninguno. Pero las hojas blancas del centro amarillo de Margarita esparcen una simpatía singular y una alegría sin trampa.

 

Por eso, los domingos siguen yendo los mozos hasta su propia casa para poder acompañarla. Pero se equivocan, porque Margarita sale a misa mucho antes que ellos lleguen.

 

Aquel domingo se equivoca ella: que no son tontos los mozos del lugar y se han adelantado. La están aguardando en un recodo del camino, a dos pasos de su casa. Buen chasco.

 

Y aquí su astucia. Tras los saludos de ocasión, empieza la marcha. Al paso, al trote, al galope...; juntos los primeros metros, sí. Pero, ¿quién puede seguir a aquella ardilla, que sube y baja tan ligera, teniendo que arrastrar sus corpachones embutidos en los trajes y zapatos de fiesta?

 

Imposible, antes de hacer el ridículo corriendo detrás de aquella moza, que ya está en las mismísimas puertas de la iglesia, se detienen y abandonan su plan.

-¡Se los dije!

-Esta chica acaba con nuestros pulmones.

¡A ver quién corta esa flor!

 

 

Temple de acero

 

No corrían por entonces los automóviles, no zumbaban los motores. Gorjeos de jilgueros, runruneo de cigarras y parloteo de las hojas de los árboles. Paz y silencio por los valles y collados del Piamonte. Las inmensas llanuras del Po eran fáciles campo de batalla. Los ejércitos napoleónicos las pisotearon sin descanso. Escuadrones de la caballería austriaca ocupaban los poblados y vivían a costa de los pobres campesinos.

 

Pudo ser a mediados de octubre de 1804, Margarita está en la parcela. Extiende el maíz para que se seque mejor, cuando un pelotón de caballería echa pie a tierra en el campo vecino. Los caballos, libres de toda brida y atraídos por el olor de las frescas mazorcas, saltan a su terreno e hincan vorazmente sus dientes.

 

Intenta Margarita alejarlos. Nada valen sus gritos y palmadas sobre la grupa de los animales. ¡Es tan bueno aquel maíz!

 

Llama a los soldados. Los austriacos no entienden su dialecto. Ella se encorajina. Ellos se ríen. Inútil insistir, se ve que tiene que salvar su hacienda ella sola. Agarra una horca. Vuelve a los caballos. Y, primero con el mango, con las púas después, golpea ancas y hocicos de las bestias hasta obligarlas a huir del improvisado banquete.

 

¡Qué iban a saber los soldados extranjeros del coraje escondido tras aquella carita de <madonna>!

 

Pero no habrá más remedio que levantarse a recoger las cabalgaduras, trabarlas y ponerles el bozal.

 

 

Esposa

 

Francisco Bosco, viudo, alcanza la suerte de cortar la Margarita por el tallo. El 6 de junio de 1812 unen sus corazones en la iglesia de Capriglio. Y entran en la estrecha casucha de I Becchi con la madre de Francisco y su hijo Antonio. Tres vaquillas en el establo. Dos mozos a sueldo. Parras en busca de sol, bosques, campos de maíz y verdes praderas. Y colinas y colinas cerrando el horizonte.

 

Sólo cinco años de felicidad. Durante ellos llega José (1813). Y más tarde Juan (16 de agosto de 1815). Son años de miseria por toda Europa. A la guerra se unieron la sequía y las heladas. Se encontraban cadáveres a la vera del camino con la boca llena de hierba.

 

En casa de los Bosco entra también la desgracia. Una tarde de mayo (1817) Francisco, todo sudado, se sienta a descansar en la fresca bodega del amo vecino. Se enfría. Una bronconeumonía. Y en cuatro días baja a la tumba.

 

-Ya no tienes padre, Juanín –repite Margarita con dolor a su hijo más pequeño- Ven, ven conmigo.

 

 

La mujer fuerte

 

Se diría que brotan los milagros de las manos de Margarita, como salían de aquellas mujeres de la Biblia. Es una campesina analfabeta. Pero no hay vendaval que conmueva su confianza en Dios.

 

Sus brazos manejan la azada y la guadaña como el mejor de los mozos. Va al mercado con los frutos de su granja. Y llena siempre de buen humor, gobierna la casa como los mejores días de su marido, hasta en medio de la necesidad terrible de aquellos años de hambre.

 

¡Ay, aquella noche! Ninguno podrá olvidarla. No queda en casa ni un cachito de pan para llevar a la boca. Hace dos días que un amigo busca inútilmente por los contornos algo que comer.

 

¿A qué santo encomendarse?  En la cuadra están todavía la vaca y un ternero.

-¿Lo matamos? ¿Y después? De rodillas. Deja el Señor bajar su luz. Y unos minutos  después cae el ternero. Ya no gritan los estómagos.

 

 

Maestra

 

Margarita tiene el sentido innato de educadora. No ha pisado la escuela. No conoce ni la a: ¡cuánto menos lecciones de pedagogía!

 

A fuerza de oírlo en la casa  y en la iglesia, sabe, por la punta de los dedos, el catecismo y muchas páginas de Historia Sagrada. Sobre todo, sabe vivirlo, que aún es mejor.

 

Clava sus ojos en las estrellas de la noche y dice a sus hijos: <¡Qué cosas más hermosas ha puesto Dios en el firmamento...!>

 

 

Una escuela modelo

 

Margarita posee el buen sentido de la medida. Le preocupan las necesidades materiales de los suyos. Y vigila constantemente la formación de sus almas.

 

Su voz, su gesto, sus decisiones andan tan lejos de la severa violencia como de las necias concesiones. Sus triunfos se apoyan en la dulzura, la serenidad y el dominio de sí misma. No golpea, ni cede. Cierra los ojos ante mil pequeñeces y los abre frente al menos peligro. Se suma a la alegría contagiosa de los muchachos, más no pasa los caprichos. Reparte cariño, siembra miedo el disgustarla.

 

Una educación realista, sin fórmulas matemáticas, con un sí o un no que regula los movimientos. Y con una reflexión que brota de cada suceso.

 

 

Puñado de ejemplos

 

Juanín termina el trabajo encomendado  y ya puede ir a jugar con los amigos. A poco vuelve a casa chorreando sangre.

 

-Siempre igual ¿Por qué vas con esos chicos malos?

-Para que sean buenos.

 

-Sí. Y luego vuelves a la casa descalabrado.

 

Ya está el niño vendado.

-No quiero que juegues más con ellos.

-Mamá...

 

¿Qué querrá aquel niño?

-Mamá, cuando yo estoy con ellos no se pelean.

 

¿Qué dirá esa madre?

-Bueno. Vete. Pero ten cuidado. No vuelvas herido otra vez.

 

Juan ve un nido. Sube al tronco del sauce para recoger los pajaritos. Un resbalón y queda colgado en el árbol con la mano entre dos ramas.

 

Acude su madre a los ayes y le baja.

-¿Lo ves? Dios y los guardias agarran a los que no respetan la propiedad ajena.

 

El perro guardián de la casa resulta muy gravoso en tiempo de tanta carestía. Manda a los chicos que se lo lleven regalado a su tío.

 

Pero el perro se escapa de la nueva casa y vuelve a I Becchi.

 

Por segunda vez lo llevan a su nuevo dueño y le sujetan a una cadena.

 

Y vuelve a escapar el perro.

 

-Ahora verás- clama Margarita con la vara en alto.

 

El pobre animal se le acerca humildemente, se hecha a sus pies y espera.

 

-Miren, miren que fiel es nuestro perro. ¡Cómo nos quiere! ¡Qué bien iría el mundo si fuéramos así con Nuestro Señor!

*  *  * 

 

José y Juan llegan del campo sedientos.

 

Saca Margarita un jarro de agua fresca.

-Toma, José.

 

Mientras José sorbe el agua, Juan se aparta contrariado.

 

Margarita ha comprendido y retira el jarro.

También Juan ha comprendido.

 

-¡Mamá!

-¿Qué quieres?

-¿No me das agua?

-Creí que no tenías sed.

-Perdóname, mamá.

-Así está bien, toma.

 

Y le entrega sonriendo el agua.

 

 

Ley de vida

 

No todo es buscar nidos.

 

Margarita educa a los suyos en el trabajo.

 

Por eso todos van a la labor. Y sacan agua, y riegan.

Recogen hierba y leña. Limpian la cuadra. Llevan las vacas al pasto. En una palabra: trabajan.

 

Y se ganan más de una golosina cuando vuelve su madre del mercado.

 

Todos los días se levantan temprano. Comen su cazuela de sopa y su ración de “polenta”. Y se acuestan sobre un jergón de hojas de maíz: ¡Casi como en Esparta!

 

 

En el país de las maravillas

 

Una mañana, al despertar, Juan cuenta a todos lo que ha soñado aquella noche.

 

Se ha visto en la pradera de delante de la casa, en medio de una turba de muchachos que gritan, blasfeman y dicen picardías.

 

Intenta hacerles callar, primero por las buenas y a puñetazos después.

 

En esto aparece un personaje misterioso y le dice:

-No, así no, sin violencia. ¡Con dulzura, con buenos modales, serán tus amigos!

 

De repente aquellos golfillos, que por un instante se convirtieron en animales de toda especie, he aquí que se transforman en mansos corderillos.

 

Llega entonces una Gran Señora que, con voz suavísima le dice:

-Toma tu báculo y llévalos al pasto. Más tarde entenderás lo que has visto.

 

Ya hubo otro pequeño soñador que despertó entre los suyos las más dispares opiniones.

 

¡Qué tiene de extraño que en la casita de I Becchi nadie sepa adivinar el sueño de Juan!

 

 

Los interpretes

 

-Pastor. Tú serás pastor –opina plácidamente José.

 

¿Pastor? –prorrumpe Antonio con rudeza- ¡Capitán de bandidos!, eso vas a ser tú.

 

Antonio ya tiene 20 años, trabaja sin descanso de sol a sol y no puede creer en sueños y fantasías.

 

Allí está la abuela con toda la experiencia de los años. ¡Ha soñado tanto! Ella tampoco cree en los sueños.

 

-¡Bah, bah! Los sueños, sueños son –murmura entre dientes.

 

A Juan le parece que le duelen los puños y la cara de los golpes dados y recibidos. Las palabras de los misteriosos personajes resuenan todavía en sus oídos. Está vivamente impresionado. No ha podido conciliar el sueño desde que se despertó.

 

Margarita, que se lo está comiendo con los ojos, piensa:

-¡Quién sabe si un día mi Juan será sacerdote!

 

 

“¡Sacerdote, sacerdote!”

 

Es un ardiente deseo de Juan. Se lo repite a menudo a la mamá. Pero, ¡ay!

 

¿Por qué quiere ser sacerdote?

¿Cómo lo alcanzará?

 

Son dos preguntas que Margarita va rumiando constantemente, sin hallar satisfactoria respuesta.

 

¿Por qué? ¿por qué?

 

-Mamá –responde Juanito- porque yo quiero ser amigo de los muchachos para hacerles buenos.

 

-Sí, sí, eso está muy claro; pero, ¿cómo?

 

Son pobres en todo sentido. En el caserío de I Becchi no hay escuelas ni tampoco en los pueblos más próximos.

 

Juanín sabe leer, porque ha estado una temporadilla con su tía, sirvienta del cura de Capriglio,  allí ha aprendido rápidamente.

 

Más esto no basta.

 

Hay que estudiar mucho. Y sobre todo, hay que pagar. ¿En dónde está el dinero?

 

 

¿Por qué? ¿por qué?

 

¿Por qué van los chiquillos a él –y hasta los mayores- como moscas al panal de miel?

 

¿Por qué todos quedan colgados de sus labios y sus gracias?

 

En invierno, en el pajar, oyéndole leer y contar.

 

En el buen tiempo, en la pradera.

 

Lo que él ha visto hacer a prestidigitadores y malabaristas por ferias y mercados. Lo que ha oído al señor cura en la parroquia. Con todo ello organiza el programa de sus actuaciones. Ata una cuerda del peral al cerezo. Tiende una manta en el suelo. Y allí está Juan cambiando agua en vino, retorciendo el pescuezo a un pollo y haciéndole luego cantar el quiquiriquí más entonado....

 

Los sencillos campesinos quedan boquiabiertos, y se mueren de risa los chamacos al verle sacar una moneda de la nariz de una vieja.

 

De pronto se levantan algunos para irse porque empieza el rosario.

 

-¡Ah, no señores!

 

Hay que aguantarse hasta el final. De lo contrario no habrá derecho a asistir al próximo domingo. El rosario constituye hoy el precio de la entrada y permitiría a los espectadores contemplar las últimas maravillas del comediante.

 

Apoyada en la puerta de la casa está Margarita viendo a su hijo andar, correr, saltar sobre la cuerda floja. Se le encoge el corazón al verle colgado de un pie, y dando el salto mortal.

 

Y se le ensancha oyéndole recitar el sermón del señor cura de Morialdo. Su Juanín es cada día menos caprichoso y más obediente. Ya va entendiendo por qué quiere ser sacerdote.

 

 

¿Cómo?

 

Es la pregunta inquietante de Margarita: ¿cómo? Por culpa de ese “cómo” se ha creado en su casa un ambiente de discordia difícil de arreglar.

 

No hay quien baje a Antonio de su terca oposición. Los Bosco han nacido en el campo y campesinos han de morir. ¿De dónde acá el empeño loco de su hermano pequeño? ¡Cura? Nada mejor que una pala y el azadón. Eso es lo que hace falta.

 

El ánimo persuasivo y callado de Margarita termina por abrir un pequeño boquete a la hostilidad del hijastro.

 

Juanito va un poquito a la escuela de la aldea y otro poco al campo. Hasta el año 1826...

 

 

“Ven a verme con tu madre”

 

Aquel año (1826) es el año de la primera comunión de Juan.

 

En el pueblo cercano –a cuatro kilómetros está Bitugliera- se predica una misión. La familia Bosco acude diariamente. Margarita acompaña a sus hijos.

 

Una tarde, al volver, Juanito marcha solo por el polvoroso camino.

 

También va solo don Juan Calosso, septuagenario sacerdote, capellán de Morialdo.

 

Llama la atención la seriedad de aquel muchacho, de cabello ensortijado, que parece ir rumiando los sermones de los misioneros.

 

Cariñosamente le pregunta si ha entendido algo de las pláticas.

-De pe a pa. Si quiere se las repito ahora mismo.

 

No sabía el anciano sacerdote de la memoria de Juanín. Este empieza a desgranar sin tropiezo los dos sermones de la tarde.

 

Don Juan Calosso le escucha estupefacto, mientras pasan los kilómetros sin ser sentidos.

 

Aquel muchacho es un prodigio.

 

Le pregunta su nombre. Quiénes son sus padres. Qué estudios sigue...

 

Le oye decir que quiere ser sacerdote; que su hermano Antonio se opone...; que...

-Bueno, bueno; ven mañana a misa y hablaremos.

 

Aquella invitación le cae bien a Margarita.

 

A la mañana siguiente despierta pronto al muchacho. Besado por los primeros rayos de sol, baja silbando por el sendero de Morialdo. Va de un lado al otro del altar, durante la misa de don Juan Calosso. Su audacia repentina: un monaguillo poco afortunado.

 

Y después, en la casa rectoral, el viejo sacerdote echa la sonda en el alma del campesino.

 

Sí, está claro, clarísimo. Tiene ante él a todo un agricultor. Un agricultor para otros campos.

 

-Ea, vuelve a verme mañana con tu madre.

 

 

Más fuerte que el burro

 

Margarita va a Morialdo, y habla con don Juan Calosso.

 

El viejo sacerdote quiere ayudar a la pobre madre.

 

Se traza todo un plan. Juan irá cada mañana a Morialdo a clase. Por las tardes tendrá tiempo para ayudar a Antonio en el campo.

 

En chiquillo estudia latín e italiano, en el campo, mientras come y hasta durante el camino.

 

La madre pone en juego toda su habitual prudencia: capea borrascas y engrasa ruedas...

 

Antonio, siempre cerrado y terco, lleno de hiel y rabia, se apodera un día de libros y cuadernos.

 

-Basta ya. Basta de tanto latín y tanta gramática. Yo estoy fuerte y no he visto un libro en mi vida.

-¡Más fuerte está el burro y no ha ido nunca a la escuela!

 

Y vuélale... que pies para que os quiero...

 

Mil veces se repiten escenas similares.

 

Mamá Margarita no puede evitarlas.

 

Antonio ha dado en llamarle “señorito” y le refriega el título a diario.

 

-Ya está el zángano con sus libros. Hay que ver al señorito, mientras los demás sudamos.

 

La mamá comprende que así no pueden seguir las cosas. Acaba con las clases del pequeño.

-Es mejor que te vayas, Juan –le dice entre suspiros- ya vez que Antonio no cede. Ea, ve a buscar trabajo. Si no lo encuentras, acércate a Moncucco y llama en casa de los Moglia: son ricos y buenos. Seguro que te acogen.

 

Con el atillo al hombre al hombro se despide a la mañana siguiente de su madre.

 

-¡Adiós Juan! ¡Que la Virgen te acompañe!

Le da su bendición y le sigue con los ojos que se van cubriendo con un velo de lágrimas.

 

 

Una estrella en el firmamento

 

Juan encuentra hospitalidad en casa de los Moglia.

 

Trabaja casi dos años en su granja. En el campo. En las cuadras.

 

Siempre con sus medios desechos libros entre las manos. Todos los domingos entreteniendo a los muchachos del pueblo.

 

Mamá Margarita va a verle cuando puede. Vuelve a casa satisfecha y cuenta a José lo mucho que quieren a su hermano en Moncucco.

 

Antonio se conforma con que no lleven nada al “señorito”: debe ganárselo él  “como hacen los demás”.

 

Por casualidad pasa por allí el tío Miguel, hermano de su madre.

 

Es hombre mitad campesino, mitad comerciante, y quiere a su familia. Se encuentra con Juan y le convence para que vuelva a casa. Ya hablará él con su madre y con Antonio.

 

Los Moglia, apenados, ven partir al jovencito trabajador y piadoso, convertido en la alegría de la casa.

 

Su madre, que le ve llegar, se asusta.

-¿Qué ha sucedido?

¡Por Dios!, no entres en casa. Antonio  creerá que es un arreglo mío y de mi hermano.

 

Hay que esperar a que llegue el tío Miguel. Se guarece el muchacho en una cueva junto al sendero que sube a la casa.

 

Llega, por fin, el tío. Se junta a él. Suben. Entran. Hablan. Y Juan se queda en casa.

 

Antonio calla aquella noche.

 

Por desgracia sigue Margarita sin dar con una escuela para su hijo.

 

Se ve obligada a acudir de nuevo al anciano don Juan Calosso, el cual, bueno como siempre, exclama:

-No se preocupe de su porvenir. Ya he tomado yo mis medidas para que pueda acabar sus estudios.

 

Un camino ancho y lleno de luz se abre a la imaginación de Juan y a los deseos de Margarita.

 

Más he aquí que un ataque de apoplejía derriba a don Juan Calosso antes de hacer testamento.

 

Desaparece la estrella del firmamento y, de nuevo, se queda Margarita a oscuras en plena noche de su pobreza, y Juan con sus quince años cargados de sus ilusiones.

 

 

Hay que decidirse

 

La paciencia de Margarita no puede estirarse más.

 

Su dulzura no logra quebrantar la roca del hijastro. Todos sus esfuerzos resultan inútiles.

 

Decididamente quiere implantar la paz en el hogar.

 

¿Por qué no dividir los bienes paternos e independizar al hijastro?

 

La ley puede más que la oposición de Antonio. Y se alcanza el reparto de los pocos bienes. Más pobres, sí; pero se respira mejor.

 

Antonio sale de la casa y se instala por su cuenta.

 

A poco, José toma a medias con un amigo una granja en Sussambrino.

 

Y Juan se matricula en la escuela de Castelnuovo (1830)

 

Cinco kilómetros, cuatro veces al día. Son muchos kilómetros. Se gastan los zapatos y va descalzo. Se cansan los pies.

 

Se lleva un bulto con la comida para ahorrar dos viajes.

 

Se queda a dormir, bajo la escalera de unos amigos, cuando llueve o nieva...

 

Y lo alcanza.

 

Roberto, el sastre, le admite de pupilo por una módica pensión.

 

Allí se acerca cada semana Margarita con su carga de pan, legumbres y vino.

 

Y allí está Juanito. Duerme en un cuchitril bajo la escalera. Cose y pega botones. Aprende a cantar, a tocar el violín y el piano. Come pan y queso. Y hasta algún plato de sopa caliente.

 

Es el precio de su escuela. Sólo así puede estudiar aquel muchacho grandulón. “Hazme reír” inicial de escolares y de maestros y admiración de todos cuando ven sus rápidos progresos.