Margarita Bosco: Una Madre Ejemplar

A Auffray SDB

 

PREFACIO

 

De la edición francesa de 1931

 

A pedido de numerosos lectores de nuestra “Vida del B. Don Bosco”, hemos sacado de ella las páginas en que aparecía la atrayente figura de la madre del Santo, Mamá Margarita. Pero, si en dicha biografía, nuestra pluma se detuvo con complacencia sobre los métodos de educación de esa mujer admirable, esbozó apenas el papel representado por ella en la obra naciente del Beato. El librito, que hoy presentamos al público, llena ese vacío.

 

Los capítulos nuevos que encontrará el lector –más o menos la mitad- han sido copiados de las “Scene morali di famiglia”, del P. Lemoyre, escritas con los recuerdos de Don Bosco y casi dictadas por él, y que nos dan un retrato de cuerpo entero de ese modelo de madre.

En esta hora en que la célula social, la familia, está expuesta a los asaltos del mundo, de la literatura, de la legislación; en estos momentos también en que muchas madres olvidan o descuidan los deberes esenciales de su cargo, hemos pensado que no debía dejarse perder semejante ejemplo: al lado, o mejor dicho, por encima de las teorías, nada supera a una lección de vida, dada por un gran corazón.

 

Confiamos en que estas páginas fortalecerán a algunas madres en la alta idea que deben tener de su misión; sostendrán el esfuerzo de las que estuvieren a punto de desalentarse en el rudo trabajo de la formación de sus hijos; enseñarán a algunas la mejor manera de proceder para encarrilar y mantener en el camino del deber las almas de sus pequeños; abrirán quizás los ojos a algunas otras que no pensaban en la sublime tarea que les incumbía. A todas les demostrarán  las repercusiones lejanas de la primera educación. El Beato Don Bosco, ese hombre de las creaciones maravillosas, ese educador insigne, ese santo de vida tan atrayente ¿hubiese sido lo que fue con otra madre? Cabe dudarlo.

 

Tomad pues este libro: leedlo, releedlo, prestadlo, hacedlo circular, dadlo de regalo; con él penetrará el espíritu del evangelio en nuestros hogares, para consolidarlos o rehacerlos. ¿Quién no siente que, en medio de la crisis moral por que atravesamos, la obra urgente es la restauración religiosa de la familia, base de la raza y de la nación?

A todas las mujeres de la Acción Católica que sienten en su corazón el deseo de ser “madres de una raza santa”, ofrecemos este modelo de energía, abnegación y espíritu cristiano en la educación de sus hijos.

 

 

 

Una verdadera joven cristiana

 

 

Capriglio es un encanto de aldeíta piamontesa, prendida en la ladera de una de ls múltiples colinas que rodean la llanura de Monferrato. Forman un verdadero rosario estos villorrios cuyas casitas se desparraman como gigantes cuevas de topos, surgiendo del sueño a escasa distancia una de otras. En estas ondulaciones maduran los grandes vinos de Italia, pues nos hallamos en pleno país de Asti. Quinientas a seiscientas almas pueblan la aldea, muy desparramada: aunque la mayoría de las casas se agazapan en torno de la iglesia, hay granjas y quintas que distan media hora de la parroquia.

En este rincón de verdes arboledas, en este oasis de paz y de silencio, aislado de todos los grandes caminos, nació, el 1º de abril de 1788, la pequeña cuya historia pasamos a relatar.

 

En la pila bautismal, adonde, según es costumbre en el católico Piamonte, la llevaron el mismo día del nacimiento, recibió el nombre de Margarita; Margarita Occhienna, hija de Melchor Occhienna  de Dominga Bossone.

 

Sus padres eran campesinos acomodados, que contaban a la sazón con dos hijos, y tuvieron después otros dos.

 

Los ejemplos que de ellos recibió fueron excelentes, a juzgar por algunos rasgos de su juventud que, después de su muerte, sesenta años más tarde, contaba su hijo. Esos hechos demuestran una fuerza de voluntad poco común, una “habilidad de espíritu” particular y, sobre todo, una vigilancia del corazón muy cristiana.

 

Cuando llega la primavera, toda esa región del Monferrato es un encanto: las colinas se cubren de tupidas frondas o despliegan sus pámpanos las viñas, mientras en los estrechos vallecitos verdean las praderas donde pace el ganado.

 

En todas direcciones hay paseos que solicitan la impaciencia de la juventud. A menudo, los domingos por la tarde las amigas de Margarita, almas ligeras y disipadas, trataban de asociarla a su pandilla bulliciosa.

 

-No, gracias, no insistan.

-¿Por qué?

_Prefiero quedarme con mis padres.

-Un paseíto no hace mal nunca.

-Si ya lo di esta mañana, al ir a Misa; cuatro kilómetros, ida y vuelta, es bastante.

Y dejaba partir a esa cabecitas huecas...

 

A veces, la audacia de éstas llegaba aún más lejos. En aquellos tiempos, las fiestas lugareñas atraían ya a la juventud de las aldeas vecinas, que acudían en grupos, sobre todo para el baile. Este se celebraba generalmente en la plaza del pueblo, y dos o tres músicos alquilados para la circunstancia, se encargaban de dar animación a los bailarines, hasta entrada la noche, y más también. El peligro de semejantes diversiones puede ser grave; ¿no podría decirse otro tanto de la vuelta de esa juventud, de noche, por caminos desiertos y oscuros? Las jóvenes juiciosas de Capriglio lo sentían instintivamente y se abstenían; pero, en cada nueva ocasión, las buenas amiguitas volvían a la carga. Bien acicaladas como convenía a las circunstancias se detenían frente a la casa de Occhienna.

 

-¿Y, Margarita, vienes esta vez?

-¿A dónde corren tan arregladas?

-A Buttigliera, donde hay fiesta.

-Ya conozco esas fiestas: no me llaman la atención.

-Vamos a bailar, habrá música y nos divertiremos en grande.

-No, gracias.

-Pero, ¿por qué?

-Si se los digo, se van a enojar.

-Dilo.

-Pues bien, quien quiera divertirse en compañía del diablo no podrá pretender un día ser feliz en compañía de Jesucristo.

 

Y Margarita plantaba a sus compañeras, tan desencantadas que, ciertos días, se volvieron algunas derecho a casa.

 

¡Era una linda muchacha esta piamontesita! El aire puro del campo, las faenas rurales, una alimentación sobria pero sana, daban a sus mejillas y a toda su persona ese aspecto de salud, esa frescura que subrayan el encanto de la juventud. Eso solo debía atraerle simpatías.

 

Pero además era juiciosa. Se destacaba entre todas por una virtud francamente simpática, alegre, abierta, sin artificio. A esta virtud algunos la envidiaban; otros la habrían querido comprometer. Y he aquí por qué, cada domingo, en el momento de salir para la segunda Misa, a la cual acudía sola, pues, sus padres habían asistido a la primera, ella encontraba a dos pasos de su casa un grupo de jóvenes que pretendían acompañarla hasta la iglesia. Nada podía desagradarle más. Pero ¿cómo librarse de estos inoportunos? Se le ocurrió una idea: partió para la iglesia mucho antes de la hora y su compañía acostumbrada, cansada de aguardarla, volvió a su casa o cariacontecida se dirigió al templo. Pero el juego fue descubierto y de nuevo los molestos se instalaron a la puerta de la casa de Margarita una media hora antes de su marcha. ¿Qué hacer? Comenzó contestando amenamente a los saludos de estos muchachos y luego, con paso muy suelto y hasta precipitado, se apresuró en su camino hacia la iglesia. Durante los primeros minutos los jóvenes siguieron sus pasos, pero como cuanto más adelantaba ella tanto más ellos alargaban sus trancos, sucedió que los campesinos, un tanto pesados y además enfundados en sus trajes domingueros, comenzaron a resoplar como fuelles para conservársele a la par. A poco comprendieron que, corriendo así detrás de la joven (que por lo demás reía de ellos, a hurtadillas), desempeñaban  el papel de tontos y abandonaron la partida.

 

El regreso de la iglesia era cosa más fácil. Margarita volvía en compañía de una viejita célebre por sus reflexiones como latigazos y sus aceradas respuestas. Con ella no había temor. Su presencia constituía el escudo más seguro.

 

Se ha comprendido que esta niña era tan traviesa como virtuosa. Tampoco era miedosa.

 

Aquel año, una nueva ofensiva del enemigo había atraído por toda la región de Asti destacamentos de tropas austriacas que naturalmente vivían a expensas de los campesinos. Una tarde de octubre, Margarita estaba disponiendo en el harnero para hacerlas secar allí, las espigas de maíz cosechadas la víspera, cuando a dos pasos de su casa surgió un pelotón de caballería. Se apearon los hombres en el campo vecino y soltaron sus caballos que, atraídos por el olor del maíz fresco, se precipitaron sobre él. Ante este espectáculo, Margarita no pudo contenerse: se metió entre la caballada, y con gritos y palmadas trata de espantarla; pero el maíz  era por demás sabroso, y los jamelgos seguían sin inmutarse su merienda, ante la mirada socarrona de las tropas. Volviéndose entonces hacia los soldados, la joven los increpó en su dialecto, abochornándolos con su indisciplina y tratándolos duramente; estos, que no entendían ni una palabra de piamontés se divertían sobremanera al ver la furia de la paisana. Margarita comprendió entonces que debía manejárselas sola; empuñando la horquilla de pasto, cayó en medio de los caballos, golpeándolos primero con el cabo y luego con los dientes, en las ancas y en los hocicos de los animales, hasta poner fin al improvisado banquete.

 

Ante el desparramo de los caballos por el campo, salieron los soldados de su plácida satisfacción, y corrieron hasta atarlos, sólidamente por cierto, a los árboles vecinos, que era lo que les correspondía haber hecho desde un principio; pero nunca se imaginaron que una campesina de dieciséis años sería capaz de hacer frente a la invasión de su hambrientos animales.

 

Era no conocerla.

 

 

 

Los años se suceden y no se parecen

 

Esta joven que se nos presenta tan lista y a la vez tan prudente, tan piadosa y tan valiente, no pensaba e su rincón perdido de Capriglio sino en vivir como había vivido hasta ese día. Se veía muy bien creciendo, entrando en años y envejecer en medio de los suyos, atenta a su salud y necesidades, rodeando de cálido afecto a los sobrinitos que el cielo enviaría probablemente a sus hermanas y hermanos. Ninguna ambición albergaba ese corazón de cristiana, sino la de proseguir oscuramente esa vida de trabajos, regulados por el manejo de la casa y la marcha de las cuatro estaciones. Pero el cielo había dispuesto de distinta manera.

 

El mundo cambia poco; hace un siglo, en las remotas campiñas piamontesas, los muchachos juzgaban a las jóvenes lo mismo que hoy en día. Las muchachas disipadas, aturdidas, propensas a las diversiones sirven para entretener, se aceptan como compañeras de placer, para ocupar las horas de descanso forzoso, pero nunca se busca entre ellas a la esposa, por temor de labrarse su propia desgracia.

 

En Murialdo, la aldea más próxima, un buen muchacho, llamado Francisco Bosco, había quedado viudo el año anterior; casado muy joven, a los dieciocho años, había tenido un chico que, en 1812, tenía ya ocho años. La preocupación, que le ocasionaba ese pobre huerfanito, se veía redoblado por el estado de la anciana abuela inválida. Poseía algunas hectáreas al sol, tres animales en su establo y dos sirvientes, pero la madre, la dueña de casa hacía demasiada falta en esa humilde cabañuela de los Becchi, vecina de Murialdo. Resolvió volver a casarse. Por lo demás, se lo aconsejaban vivamente, murmurando un nombre al oído, pues la virtud y la capacidad de Margarita Occhienna no habían quedado encerradas dentro de los límites de su aldea. Hasta más allá de Capriglio se citaba como una perla rara a esta joven de veintitrés años. Además la gente se visitaba de una aldea a otra y Francisco Bosco había podido comprobar por sus propios medios que en lo referente a esta criatura la realidad igualaba, cuando menos, a la fama.

 

Un día pidió su mano.

 

Consultada, Margarita comenzó por rehusar. No se creía hecha para ese estado de vida. Pero su padre la aconsejó: el partido era excelente; Francisco era un cristiano completo y poseía algún bien; su madre enferma era la mejor de las ancianas, dulce y resignada como ninguna; en cuanto al niño, darle pronto una madre era hacerle una obra de caridad.

 

Margarita aceptó estas razones. Su corazón compasivo se conmovió ante el niñito que crecía sin madre y ante esa pobre anciana, la cual ciertamente carecía de tantos cuidados y aceptó. Y el 6 de junio de 1812, en la iglesia de Capriglio, unió su corazón al de Francisco Bosco.

 

La víspera, según la tradición local, hubo alrededor de la casa explosión de cohetes, fuegos de salva, farándulas conducidas por un violinista de ocasión, mucha alegría ruidosa; pero la mañana del matrimonio, al pie de los santos altares, rodeados por sus parientes y amigos y en el silencio de la humilde iglesia, había tan sólo dos cristianos conscientes de la gravedad de los juramentos que iban a cambiar y pidiendo a la Eucaristía la fuerza necesaria para aceptar y cumplir los deberes de su nuevo estado.

Esa misma tarde, los esposos Bosco se radicaron en los “Becchi”, grupos de casas dependientes de la aldea de Murialdo y de la comuna de Castelnuovo.

 

Esta aglomeración desparrama sus ocho o diez luces en la cumbre de una de esas pequeñas colinas que ondulan el valle del Po desde Chieri. Algunas casitas de labradores, una residencia bastante opulenta, algunos prados descendiendo las pendientes, un horno común y, por todas partes por donde se extendía la mirada, una aglomeración de colinas cubiertas de bosques en cuyas espesuras se refugiaban los desertores de Napoleón: tal era la imagen del villorrio. Enfrente y como un dedo erguido hacia el cielo, dominaba el paisaje el campanario de Buttigliera, sobre una lengua de terreno que cierra el horizonte hacia el este.

 

En este marco encantador, Margarita Bosco conoció cinco años de felicidad pura. El cielo bendijo su unión y le envió dos hijos: José nació el 8 de abril de 181 y Juan vino al mundo el 16 de agosto de 1815. este último, cuya historia durante cuarenta años se mezclara con la de la madre, será el fundador de la gran familia salesiana, un santo, el Bienaventurado Juan Bosco.

 

Toda esta nidada de honrados corazones vivía, pues, feliz sobre este rincón de tierra piamontesa, testigo de sus afanes cotidianos, cuando brutalmente la desgracia vino a despeñarse sobre el hogar.

 

Un atardecer de mayo y después de una ruda jornada de trabajo que lo había hecho transpirar abundantemente, Francisco Bosco cometió la imprudencia de penetrar en el sótano del propietario vecino, en cuya casa trabajaba. Salió de allí con una neumonía violenta, que en cuatro días lo llevó a la tumba. Fue el más lejano y doloroso recuerdo de infancia del pequeño Juan. Más tarde, a los treinta años del suceso, todavía lo recordaba. En las noches de verano, cuando, rodeado por los primeros chicos de su patronato de Turín, evocaba delante de ellos su más tierna niñez, más d una vez se le oyó relatar la terrible escena: “No tenía aún dos años cuando murió mi papá –decía- y no recuerdo sus rasgos. Sólo recuerdo estas palabras de mi madre: “Ya no tienes padre, Juancito”. Todo el mundo salía de la cámara mortuoria, pero yo me obstinaba en permanecer allí. “Ven, Juan, ven”, insistía mi madre tiernamente. “Si papá no viene yo no quiero irme”, respondía. “Vamos, hijo: ya no tienes padre”. Y con estas palabras la santa mujer, estallando en sollozos me arrastraba. Yo lloraba porque ella lloraba, pues, ¿qué puede comprender un niño de esa edad? Pero esa frase: “Ya no tienes padre, Juancito”, me ha quedado en la memoria. Desde este primer dolor y hasta la edad de cinco años no tengo otro recuerdo de mi infancia.

 

 

Una madre que conoce su oficio

 

Desaparecido el jefe de la familia, su viuda empuñó las riendas de la dirección y pudo verse qué mujer superior era esa aldeana sin letras pero cuya fe valía por todas las experiencias. El trabajo de sus brazos, su valor, su buen humor y su confianza en Dios hicieron marchar la casa como en tiempos de su marido. Su suegra, enferma y casi clavada en el lecho, recibió todos los cuidados y presidió el humilde hogar como la abuela más venerada; sus hijos, sus tres hijos, entre quiénes no hacía diferencia aun cuando el primero fuera de otro matrimonio, fueron criados con dulzura y firmeza en el ejercicio de las virtudes cristianas por esta madre admirable que, desde los veintinueve hasta los cuarenta y cinco años, no tuvo un momento de reposo hasta tanto no vio a cada uno bien encaminado.

 

Esta pobre piamontesa poseía el sentido innato de la educación. Nada ni nadie, ya sea el sacerdote desde la cátedra o en el catecismo, o el maestro en la escuela, puede reemplazar a la madre: ella sola forma los corazones. ¡Tarea sublime instintivamente comprendida por Margarita Bosco así ¡cómo se dedicaba a ella!

 

En la base de esta educación, como en su cumbre, está Dios. Cada mañana y cada noche, delante del Crucifijo, los chicos en línea, con las dos mujeres atrás, se arrodillaban y la oración de esos cinco corazones solicitaba el pan cotidiano, la fuerza para el deber, el perdón de toda culpa. Apenas había abierto la razón en esos pequeños cerebros, se les llevaba ante el Sacerdote para confesar los primeros pecados. En todas las ocasiones se les recordaba la presencia del gran testigo de nuestros actos y pensamientos, testigo que mañana será Juez. “Dios os ve, hijos míos, repetía la madre frecuentemente. –Dios os ve. Yo puedo estar ausente. Él siempre está ahí”. Por lo demás, ella aprovechaba hasta la menor ocasión  para grabar la idea del Creador en la variedad de sus aspectos en el corazón de sus hijos. Una noche estrellada, desde el umbral de la casa les decía: “Todos esos astros maravillosos han sido puestos allá arriba por Dios. Si el firmamento es tan hermoso ¿qué no será el Paraíso?” o bien, ante una de esas magníficas auroras que, sobre la cintura nevada de los Alpes limitadores del horizonte, ponía tintes de hermosura sin par: “¡Cuántas maravillas ha hecho Dios para nosotros, hijos míos!” el granizo había asolado en todo o en parte la humilde viña de la familia: “Inclinemos la cabeza, hijos míos, -murmuraba- Dios nos lo quita. Él es el Dueño, para nosotros es una prueba, para los malos, un castigo”. Y cuando, las noches de invierno, apelotonados alrededor de un leño llameante, oían silbar el viento del norte o martillar el techo la lluvia glacial: “Hijos míos, ¡cuánto debemos amar a Dios que nos suministra todo lo necesario! Verdaderamente es nuestro padre, nuestro padre que está en los cielos”.

 

Y sin embargo, durante esos años terribles, lo necesario por lo cual esa madre daba gracias a Dios se reducía a veces a muy pocas cosas. 1815 y 1816, para el Piamonte particularmente, fueron duros por los deshielos tardíos y una sequía sin igual que aniquilaba las cosechas del país. La pobre casa de los Becchi conservaba el cruel recuerdo de una noche en la cual no tenían nada, absolutamente nada, que comer. Hacía dos días, un amigo recorría la campiña y los mercados para comprar a cualquier precio lo necesario  para alimentar esas cinco bocas: trabajo perdido. Había regresado con las manos vacías. La pobre mujer no sabía a qué santo encomendarse ante los tres pequeñuelos y la abuela extenuados por el hambre. Quedaban en el establo las dos humildes bestias a las que toda la familia campesina pide una parte de su alimentación diaria: una vaca y su ternero. Pero, sacrificar una, ¿no era comprometer el provenir si la escasez se prolongaba? El alma de Margarita estaba perpleja: era el momento de rezar. La familia reunida se puso de rodillas para implorar el consejo del Cielo, después de lo cual, y como decidida por su oración, la madre acompañada por el vecino se encaminó derecho al establo. Algunos minutos después el ternero estaba sacrificado; pocas horas más tarde todos esos estómagos apaciguaban los sufrimientos que los torturaban hacía varios días.

 

Esta madre vigilante no pensaba solamente en las necesidades del cuerpo. Sobre todo pensaba en la formación del alma y comenzaba por nutrir los pensamientos de sus hijos con la pura doctrina de la fe. Esta mujer no sabía leer ni escribir, pero habría recitado de memoria el catecismo y toda la Historia Sagrada, especialmente, la vida de Nuestro Señor. De su memoria, toda esta doctrina de vida pasaba machacada pacientemente a la de sus hijos. Sus tareas cotidianas la hubieran podido dispensar de esta ocupación de la cual se había encargado el diligente Cura de Castelnuovo; pero en Italia, aun en nuestros días, el catecismo para niños no se enseña sino en Cuaresma y los chicos debían recorrer diez kilómetros diarios para ir a la iglesia. Margarita prefirió enseñarles ella misma todo lo que sabía, haciendo luego comprobar y terminar la instrucción por el Cura Párroco.

 

Mantenía también a los tres chiquillos alejados de las compañías peligrosas, escasas por cierto en aquel entonces; pero la oveja sarnosa, capaz de infectar el rebaño entero, se encuentra en todas partes y siempre; y los pequeños Bosco se codeaban sin saberlo con malos compañeros. Pero la madre, sí lo sabía.

 

-“Mamá, ¿podemos ir a jugar con Fulano, que nos llama?

-“Sí, hijitos”.

Y los niños corrían alegres al frente de la casa.

 

A veces, un “no” muy decidido respondía al deseo de los niños, y entonces por todo el oro del mundo no hubieran traspuesto la puerta de entrada.

 

Mamá Margarita tenía también el talento de sacar del más pequeño incidente de la vida diaria provechosas lecciones para el alma de sus hijos. Un día, “Juanito” descubrió en el tronco de un sauce un nido de pajaritos y ardió en deseos de apropiárselo enseguida; pero calculó mal, y su mano, que había deslizado entre dos ramas, quedó presa como en un cepo; en vano trató de zafarse; tuvo que llamar a su mamá, que, después de ponerlo en libertad, le dijo: “¿Ves, Juanito?” así es como la justicia de Dios y de los hombres acaba por apresar a los que no respetan los bienes ajenos.

 

En otra ocasión, Margarita había resuelto dar a un pariente lejano, un perro guardián, grandote, muy cariñoso con los chicos, pero que gravaba en demasía el humilde presupuesto familiar. Lo llevaron a su nuevo dueño; pero los niños no habían regresado todavía y ya el perro estaba en su primitiva casilla. Nuevamente lo condujeron a su actual propietario, y para mayor seguridad lo ataron con una cadena; pero, en el primer instante de libertad, el buen dogo huyó, y volvió a los Becchi; entonces Margarita, enfadada, fue a tomar un palo; pero, en vez de disparar, el pobre perro agachó el lomo, prefiriendo los golpes al despido. Enternecida, la madre dijo entonces a sus hijos: “¡Qué fidelidad y qué apego los de este animal. Si tuviéramos todos la misma sumisión hacia nuestro Creador, ¡cuánto mejor andaría el mundo, y cuanta gloria sacaría Dios!”.

 

¡De cuántas virtudes no era teatro esa morada! Ante todo, Margarita quería que sus hijos fuesen trabajadores; ni sombra de ocio en sus jornadas. A los cuatro años, el pequeño Juan sacaba hebras de los tallos del cáñamo; más tarde, él, así como sus hermanos ayudaban en los humildes trabajos domésticos: cortar leña, sacar agua, pelar legumbres, barrer los cuartitos, llevar las bestias al campo, limpiar el establo, sacudir los frutales del prado, recoger las ramas secas en los bosques vecinos para alimentar la llama bajo la olla, colgar las espigas del maíz en los aleros del granero para hacerlas secar, vigilar la cocción del pan, ordeñar las vacas y mil cosas más. En los Becchi se trabajaba.

 

Y se llevaba una vida voluntariamente dura. Esta madre previsora quería preparar sus hijos para las dificultades de la vida forjándoles el alma resistente a todo. En la humilde cabaña, tanto en verano como en invierno, el sol hacía levantar a todos. Nada de mañanas perezosas; se sacudían y después: ¡hop! Arriba. El desayuno estaba reducido a la más simple expresión: una rebanada de pan seco; las caminatas a pie, bien largas, no asustaban a ninguna de esas piernitas y más tarde veremos a Juan ir a clase cuatro veces diarias andando veinte kilómetros. Por la tarde, si un mendigo de paso solicitaba sus servicios, o por la noche, si un vecino enfermo apelaba a su caridad, nuestros muchachos enseguida estaban levantados y se prestaban a todo buen oficio. Y cuando volvían a su lecho no los acogía un colchón de lana o fucos, sino otro de sanas y ásperas hojas de maíz. Educación sólida, un poco a la espartana, que tornó a estos tres niños en vigorosos varones que nunca eludían un trabajo algo pesado.

 

Tampoco protestaban frente a la más insignificante orden de la madre. Mamá Margarita quería ser obedecida y lo era. Cada jueves se encaminaba a Castelnuovo con la manteca y los huevos y antes de salir, distribuía las tareas a los muchachos. Al regresar por la tarde, antes de sacar de la canasta el pedazo de torta que les traía cada vez era menester que le rindieran cuentas: “Antonio, José, Juan, veremos si mi trabajo está hecho y bien”. Y cada uno debía probar su plena obediencia a la madre. “Está bien –decía entonces Margarita, feliz y orgullosa- está bien, he aquí vuestro pedazo de torta”.

 

Los de los Becchi eran pobres, muy pobres, pero precisamente por eso siempre tenían lugar para el mendigo que llamaba. Los clientes no faltaban, pues la hospitalidad de la casa era conocida. La mayor parte de las veces se trataba de pordioseros o de vendedores ambulantes. A veces también, desertores del ejército de Napoleón, escondidos en los bosques vecinos o auténticos bandidos perseguidos por la gendarmería. Caída la noche, esa gente venía a golpear en la puerta que siempre se abría. Al viajero de paso se tendía la escudilla de sopa y la rebanada de polenta enseñándole en el pajar cercano el lugar que le aguardaba.

 

A veces, carecía del tiempo de guarecerse porque los carabineros aparecían al pie de la salida: era necesario escurrirse por una puerta mientras éstos, entrados por la otra, eran invitados a sentarse, beber un poco de vino, entrar en calor y disponer como en su casa. Sucedió también cierto día que los desgraciados perseguidos no tuvieron tiempo para escapar y, temblorosos, se escondieron en el establo, separados de los gendarmes por una pared a través de la cual podían oír las conversaciones  inquietantes de Pandora, contando sobre las huellas de quienes estaban, pero el derecho de asilo nunca fue violado bajo el techo de Margarita: la gendarmería sabía que la casa se abría a todos: a ellos como a sus clientes, sin distinción, con toda caridad y por eso sus investigaciones de detenían en el umbral de la buena morada. Y todos estos buenos amigos, como los llamaba Margarita, cuando llegaba el momento de retirarse, no dejaban, por lo menos en signo de agradecimiento de doblar la rodilla con la familia, encontrando, en el fondo de la memoria, fragmentos de oraciones para contestar al Padrenuestro y al Avemaría. Antes de abandonar el lecho caritativo, los mercachifles permitían a sus huéspedes echar frecuentes miradas sobre la pacotilla de su comercio para asegurarse que no vendían mercadería dañosa para las almas.

 

Margarita se ingeniaba para acostumbrar a sus hijos a estas virtudes cuyo ejemplo modelaba el corazón de sus muchachos, más por la dulce firmeza de sus procederes que por el acento de la autoridad que impone la práctica. Con un exquisito sentido de la medida sabía mantenerse a igual distancia de la severidad que levanta la voz, se muestra intransigente, apela a los medios violentos, y de la falsa dulzura que trata de conseguir sus fines por la adulonería y los mimos. Ni tontas caricias, ni gritos salvajes: la calma, la serenidad, el dominio de sí, la verdadera dulzura, armas poderosas, casi siempre victoriosas. No golpeaba a sus hijos, pero no les cedía nunca; amenazaba con proceder pero se rendía al primer signo de arrepentimiento; cerraba los ojos ante esos pecadillos que cobran tanta importancia a los ojos de ciertos padres modernos, pero los abría bien grandes anta las malas tentaciones de sus hijos para corregirlos de inmediato. Sonreía ante los accesos de ruidosa alegría de sus muchachos, pero no les toleraba ningún capricho.

 

Sobre todo inspiraba a sus hijos, para hacerse obedecer, una ternura muy viva hacia ella y un extremo temor de desagradarle. Y este doble sentimiento alimentado en el corazón de estos tres pequeños cristianos, la hacía llegar a su fin.

 

 

Un terceto de cabecitas rebeldes

 

¡Cuán curiosos muchachos los hijos de Margarita Bosco! Tres cabezas, tres naturalezas distintas.

 

Antonio, el mayor, el medio hermano, era violento, grosero, celoso, sin la menor delicadeza de sentimientos, orgulloso de su mayor edad y de sus músculos fuertes, poco dotado por el lado del espíritu, sabiendo sin embargo leer y escribir, pero lleno de desprecio para todo cuanto no era trabajo físico: por lo demás, aunque hosco, capaz de buenos impulsos.

 

José, dulce y tranquilo, era a veces un niño terriblemente caprichoso. Antes que obedecer una orden de su madre, se arrojaba al suelo. Pero ella sin perder la sonrisa, lo tomaba en las pinzas de sus robustas manos y lo llevaba, lo arrastraba al sitio de la orden. “Es inútil que te empecines –decía ella- mira que puedo más que tú  sabes que no cedo nunca”. Este muchachito también poseía un espíritu ingenioso, sabía aprovechar todo y nunca se encontraba sin medios. Habría sido un excelente comerciante, si la vida en los campos no le hubiera retenido en la aldea.

 

Juan, por el contrario, poseían una naturaleza ardiente y voluntariosa a la vez, inteligente y serio, hablaba poco y observaba mucho. Esa cabecita redonda, sólida, cubierta de cabellos ondulados, escondía una rara energía de volunta y un talento imitativo sin par; además, sentimiento, mucho sentimiento y un sentido innato del deber. Añadan a estos dones una imaginación que nunca descansaba, que, desde el umbral de su infancia hasta el término de su vida, irá edificando sin cesa: hoy nuevas diversiones, mañana sueños, más tarde vastos proyectos de apostolado.

 

Estos tres hermanos ¿se entendía entre sí? José y Juan perfectamente y esto mientras vivieron; pero con Antonio, era otra cosa; abusaba de su mayor edad para tratar de imponer su voluntad; y de su fuerza, para dominar a sus hermanos. Como lo veremos, si la infancia de Juanito fue dolorosa, fue por culpa de Antonio, su medio hermano. Es increíble lo que tuvo que sufrir el pequeño, de los nueve a los quince años, por culpa del hermano mayor cuya envidia se empeñaba en querer que aquél fuera un campesino, cuando Dios, por mil señales evidentes, manifestaba que lo había elegido para su servicio y provecho de las almas. Esa envidia hacia sus hermanitos se evidenciaba a veces brutalmente. ¡Cuántas veces tuvo que intervenir Margarita para sustraer a sus hijos de las trompadas de Antonio, o para consolarlos después de alguna batalla, en que sus fuerzas aunque aliadas, habían sido derrotadas! En esos momentos, dominando el dolor que le causaba ver a sus propios hijos maltratados por el que no era suyo, se contentaba con avergonzar a ese muchacho grande, nueve años mayor que sus hermanos, por abusar así de su fuerza. A veces, éste tomaba a mal la observación y descargaba el resto de su mal humor sobre esa madre tan paciente: algunos días le vieron cerrar los puños, y adelantarse amenazador, con palabras hirientes en los labios: “¡Ah, madrastra, madrastra –exclamaba- si no me contuviera!”.

 

 

Margarita, cuyo brazo nervioso hubiera podido, con dos cachetadas, enfriar esa cólera, retrocedía un paso, y muy tranquila clavando los ojos en los del niño enfurecido, le decía: “Eres injusto, Antonio, la rabia te vuelve malo, siempre te he llamado mi hijo, porque te he considerado como tal, siéndolo de mi querido Francisco, tu padre. Sabes muy bien que podría darte el castigo que mereces; pero no, nunca emplearía con mis hijos semejantes medios; eres mi hijo y no te pegaré. Ahora, has lo que quieras”. Y lo dejaba plantado, absorto, avergonzado, domado por ese magnífico dominio de sí, que, con el tiempo, transformó esa naturaleza violenta en la de un perfecto hombre de bien, estimado y considerado por cuantos lo rodeaban.

 

Más tarde, cuando Juan, ya sacerdote, rodeado por una multitud de niños, evocaba todas aquellas escenas de su infancia, verá a la madre frente a tres voluntades de muchachos no siempre dóciles ni manuables, recordará los métodos de paciencia, de sonriente autoridad que desplegaba para conseguir dominarlos, y tratará de copiar a esa madre. Esta humilde mujer analfabeta fue después, sin saberlo, la que formó su pensamiento.

 

 

Un sueño profético

 

Hemos llegado a una página misteriosa, a la historia de un sueño, que no sólo llenará de emoción el alma del menor de los hijos de Margarita, sino que orientará definitivamente su vocación.

 

Una mañana, al despertar, el pequeño Juan que tendría entonces unos nueve años, contó que se había visto en sueños, de noche, delante de la puerta, en medio de una turba de niños que vociferaban, gritaban, blasfemaban y hacían mil fechorías. Con argumentos y después a fuerza de golpes, quiso hacerlos callar. Pero un personaje misterioso, acercándose, le dijo: “No, nada de violencia. Dulzura, si quieres ganar su amistad”. Entonces esos pilluelos que, por un momento, se habían convertido en fieras de toda clase, se transformaron en tímidos y dóciles corderitos, mientras que una voz acariciadora de mujer le decía: “Toma tu cayado y llévalos a pacer. Más tarde comprenderás el sentido de esta visión”.

 

“Quizá seas pastor de ovejas, cabras y otros animales, le dijo plácidamente José.

 

“A no ser que te hagas jefe de bandidos”, agregó Antonio con amargura.

 

“No demos importancia a un sueño”, murmuró la juiciosa abuela.

 

Pero Margarita, envolviendo a su hijo en una amorosa mirada, pensó: ¿Quizá un día será sacerdote?

 

Fue ella quien aceptó. En los años siguientes, el pequeño Juan habló varias veces confidencialmente con su mamá de su ardiente deseo de ser sacerdote.

 

“Sacerdote, sacerdote, -respondía la madre- es fácil decirlo; pero ¿por qué quieres serlo? ¿qué idea te empuja?

 

“Escuche, madre, -respondía Juan- si puedo llegar un día al sacerdocio, consagraré mi vida a los niños; los atraeré, los amaré y me haré querer; les daré buenos consejos y me prodigaré para la salvación de sus almas”.

 

Y ese programa de apostolado ya lo ponía en práctica a su alrededor, en los Becchi. Durante una corta temporada que pasó, a la edad de nueve años, en casa de una tía suya, sirvienta del cura de Capriglio, había aprendido a leer de corrido, y ese modesto talento le servía para animar las largas veladas de invierno. En las granjas de la villa se disputaban al pequeño lector, por la vida y colorido que sabía dar a su relato. Encaramado sobre un banco o una silla, para dominar bien a su público, emprendía la lectura de los “Reali di Francia”, ante el más sencillo, diverso y atento auditorio; durante horas y horas, esos buenos piamonteses permanecían suspensos de los labios de Juan. Superfluo es decir que la sesión se encuadraba entre dos señales de la cruz y dos fervientes Avemarías.

 

Durante el buen tiempo, se convertía en juglar, payaso, saltimbanqui. En un pedazo del prado de los Bosco, a la derecha de la casa, ataba una cuerda, de un peral a un cerezo, extendía una alfombra, y los domingos por la tarde, ejecutaba, ante un público numeroso y de todas las edades, un programa completo de pruebista de circo, gimnasta, multiplicaba los saltos mortales, hacía las medias lunas, caminaba con los pies en el aire, etc; prestidigitador, multiplicaba por diez una docena de huevos, cambiaba el agua en vino, estrangulaba un pollo y lo resucitaba, sacaba monedas de plata de la nariz de los espectadores; equilibrista, saltaba, corría, bailaba sobre la cuerda floja, se colgaba de un pie, luego de dos, en fin, ejecutaba mil proezas de audacia y agilidad.

 

A su entender, todo este programa de diversiones no era sino un medio, -el mejor de todos- para atraer a sí a las gentes e la aldea, que debían pagar su “cotización”, rezando previamente un buen rosario y escuchando sin duda algún pedazo, fielmente repetido, del sermón del Cura de Murialdo.

 

El que demuestra tal precocidad de espíritu, un amor al bien tan expeditivo, tanto conocimiento de la doctrina cristiana, parece que posee lo necesario para acercarse al Sacramento de la Eucaristía. Para Pascua, a fines de marzo de 1826, en la iglesia parroquial de Castelnuovo, recibió por primera vez la Hostia Divina. De tan grande acontecimiento sólo nos quedan como recuerdos precisos los consejos dados por Mamá Margarita a su hijo menor, al atardecer de ese día: “Hijo mío, -le dijo- tengo la dulce esperanza de que Dios ha tomado verdaderamente posesión de tu corazón esta mañana; prométele conservarte bueno y puro hasta el fin de tu vida. Comulga a menudo, pero ten cuidado con los sacrilegios y para eso confiésate con franqueza. Sé obediente, asiste de buena gana al catecismo y los sermones, y huye de los malos compañeros como de la peste.

 

En el manuscrito en que Juan anotó más tarde esos sabios consejos, se lee a continuación: “Me esforcé en poner en práctica esas recomendaciones, y desde ese día me pareció que mi vida mejoraba. Aprendí sobre todo  obedecer, a someterme, yo que antes oponía a menudo mi capricho a las órdenes y consejos de quienes me mandaban”.

 

 

Una vocación bien probada

 

¿Quién había de creer que el sueño de sus nueve años, que en fondo del alma del pequeño Juan confirmaba todo un mundo de antiguos deseos, iba a sembrar la discordia en ese hogar hasta entonces apacible? Sin embargo, fue lo que sucedió; un obstáculo, que parecía a veces infranqueable, surgió entre el llamado del cielo y los esfuerzos del pequeño Bosco para corresponder a él, la voluntad obtusa, pero tenaz, de Antonio, el hermano mayor. Cerca de seis años, ese muchachón de cortos alcances se opuso a la clara vocación del niño, con el vano pretexto de que había nacido campesino. En el fondo, había mucha envidia en esa alma sin grandeza, que no podía tolerar la idea de que su hermano vistiera sotana, lo que le abriría un mundo de estima y consideración y, sobre todo, lo substraería de la dura vida campesina.

 

Por dos veces, el obstáculo detuvo en su camino a Juan Bosco tan lleno de buena voluntad.

 

Unas semanas después de su primera Comunión, al comenzar la primavera de 1826, la Providencia pareció querer encaminar al niño hacia el término de sus deseos.

 

Ese año, el jubileo, que unos meses antes atrajera a Roma cerca de 400 mil peregrinos, acababa de hacerse extensivo a toda la cristiandad; en la diócesis de Turín, podía ganarse de marzo a septiembre. La familia Bosco, más cerca de Buttigliera que de Castelnuovo, resolvió seguir los ejercicios de dicha parroquia, que convocaba a sus feligreses durante ocho días. Buttigliera está a cuatro kilómetros de los Becchi; no era pues cosa del otro mundo recorrer dieciséis kilómetros diarios para asistir a los dos sermones, por la mañana temprano, y las dos instrucciones de la noche ¡bien valían esa molestia, las gracias del jubileo!

 

Después de la última predicación, volvían en grupos ya entrada la noche, separándose en el cruce de los caminos; unos iban rumbo a Becchi, otros a Capriglio, otros a Murialdo. Un sacerdote, anciano septuagenario, volvía cada día en compañía de esos buenos cristianos; era Don Calosso, capellán de Murialdo; a pesar de su edad avanzada, se recorría los dieciséis kilómetros diarios para obtener en el ocaso de su vida las gracias del perdón del jubileo. Andando, observaba desde principios de la semana, a ese chiquillo de cabello enrulado y de paso ligero que, un poco alejado de los demás, parecía prolongar en el recogimiento la palabra de los misioneros.

 

-“Hola pequeño –le dijo una noche- ¿de dónde vienes?

-De los Becchi.

-¿Has comprendido algo del sermón de esta noche?

-Pero todo, señor cura.

-¡Oh! Todo es mucho. Veamos: repíteme cuatro frases de la instrucción y te daré cuatro sueldos.

-¿Cuatro frases del primer punto y del segundo?

-Del que quieras. ¿Recuerdas por lo menos el tema desarrollado?

-Sí, el predicador ha hablado de la necesidad de no postergar su conversión.

-¿Y qué dijo sobre esto?

-Había tres partes en su discurso. ¿Cuál queréis que os repita?

-La que quieras.

-Bien. Os repetiré las tres”.

 

Y sin vacilar, el muchachito expuso impecablemente los tres puntos de la primera instrucción de esa noche. “Al pecador obstinado en su vicio ciertamente un día le faltarán el tiempo, la gracia y la voluntad de la conversión”.

 

Alrededor, las buenas gentes del villorrio se habían congregado y los kilómetros del camino desfilaban, desfilaban sin sentir. ¡Tanto había cautivado la atención general el encanto de esa palabra infantil y la admiración por tan maravillosa memoria!

 

-“Muy bien –dijo Don Calosso al oír las últimas palabras del niño- muy bien. Veo que has retenido perfectamente la primera instrucción. Pero ¿la segunda?

-¿La segunda? ¿la queréis completa también?

-No. Dime algunas palabras solamente.

-Y bien: lo que me ha llamado más la atención es el encuentro del alma del condenado con su cuerpo cuando resuenen las trompetas sagradas despertando a la humanidad para el juicio final”.

 

Y a continuación, Juan se puso a recitar el diálogo con el que la palabra del predicador había dramatizado la escena.

 

El buen anciano no pudo contener la emoción ante semejante memoria. Prodigioso era este niño. ¡Qué precocidad de talento! Y de inmediato, en su pensamiento surgió la pregunta: a quién y para qué podían servir esos dones? ¿Qué hará en la vida ese niño tan bien dotado? ¿Fuerza útil, fuerza perdida, fuerza nociva? ¿Quién lo sabe?

 

Y el diálogo entre el sacerdote y el niño se reanudó inquieto, curioso, apretado.

 

-“Cómo te llamas, hijo mío? ¿Quiénes son tus padres? ¿A qué escuela vas?

--Me llamo Juan Bosco; perdí a mi padre cuando tenía dos años; mi madre tiene que alimentar cinco bocas. Sé leer y escribo un poco.

-¿No te has atrevido a meter la nariz en una gramática?

-¿Qué es eso?

-¿Te gustaría estudiar?

-¡Oh! Sí.

¿Por qué no lo haces?

-Mi hermano Antonio no quiere.

-¿Por qué?

-Dice que para trabajar la tierra siempre se sabe bastante.

-¿Para qué querrías estudiar?

-Para ser sacerdote.

-Y ¿para qué querrías ser sacerdote?

-Para atraerme a los niños, enseñarles la religión e impedir que sean malos. Me he percatado que cuando se extravían es por que nadie se interesó por ellos... pero perdonadme, señor cura. Estamos en casa. Doblo aquí para subir a los Becchi.

 

Efectivamente el niño y su grupo habían llegado al pie de la eminencia que corona la aldea. El camino no había parecido largo a nadie.

 

-“¿Sabes ayudar Misa? –preguntó el anciano a guisa de saludo.

-Un poco.

-Entonces, ven a ayudarme mañana. Tengo algo que decirte”.

 

El niño acudió y después de su Misa el buen sacerdote sondeó un poco más el alma del joven campesino. Sacó en conclusión, que estaba llamado a un trabajo más elevado que el de la tierra. Debía arar, sembrar, cosechar, almacenar, sí, pero en el campo de las almas.

 

-Di a tu madre que venga a verme el domingo; combinaremos todo lo concerniente a tu porvenir”.

 

Margarita Bosco fue a ver a Don Calosso el domingo siguiente y quedó decidido que Juan iría todas las mañanas a Murialdo a tomar lecciones de latín. Durante el resto del día continuaría trabajando en el campo, porque Antonio estaba allí, vigilando celoso, obtuso y tiránico. Estuvo a punto de enfurecerse cuando se enteró de la resolución tomada. Sólo se apaciguó pensando que esas famosas clases comenzarían dentro de seis meses en otoño, cuando los trabajos más duros escaseaban en el campo.

 

Y el niño pasó un año delicioso en casa del buen párroco de Murialdo. Siempre lo recordaba con emoción.

 

Después de tres meses de gramática italiana inició el estudio del latín hacia Navidad. Las primeras declinaciones fueron duras para masticar, nos confiesa él mismo. Pero atacó el obstáculo con tanta tenacidad que para Pascua ya había visto enteramente la gramática latina. “Vuestro hijo es un prodigio de memoria –decía el excelente Don Calosso a Mamá Margarita cuantas veces se encontraban- hay que seguir mandándomelo”. Así lo habría querido la pobre mujer, pero desgraciadamente esas pocas horas de clase quitadas al trabajo campesino tuvieron el don de exasperar a Antonio apenas comenzó la primavera. Inútilmente el pequeño Juan duplicaba sus esfuerzos en la tarea, sólo estudiaba a escondidas, a la ida o a al vuelta o ya anochecido, después de terminado el trabajo: la simple vista de un libro enloquecía a ese muchachón de veinticinco años, y enfurecía. Un día no aguantó más.

 

-“Basta: no quiero ver más esas gramáticas en casa. No hacen falta para vivir. Me he desarrollado y fortalecido sin haber metido jamás la nariz en esos libracos.

-Razonas muy mal –contestó Juan.

-Habría que probarlo.

-Y bien, nuestro burro es todavía más fuerte que tú y nunca fue a clase. ¿Querrías parecértele?”

 

Antonio dio un salto para alcanzar a su hermano y abofetearlo, pero el muchachito había desaparecido enseguida de lanzarle su flecha.

 

Otras veces el pesado campesino agobiada al niño a sarcasmos para quitarle el gusto del estudio: “¿Ven a ese señorito? –decía- no es más que un palmo y eso quiere estudiar. ¿Por qué? Por pereza. Quiere vivir a sus anchas mientras nosotros continuaremos comiendo nuestra polenta. ¿Crees que aquí todos sudaremos y penaremos para pagar tus estudios? Era, vamos empuña el pico, nuestro hogar no necesita sabios”.

 

Si encontraba a su hermano menor con un libro en la mano, cuando no podía hacer otra cosa –día de lluvia o de fiesta- se lo arrancaba y estampándolo en la pared decía: “Te he repetido cien veces que no quiero verte con la nariz metida allí. Tú naciste para ser campesino como yo. Métetelo en la cabeza”.

 

La situación era demasiado tirante para poder prolongarse. Mamá Margarita lo comprendió. En el otoño siguiente, por amor de la paz, interrumpió las lecciones y como con este gesto, tan penoso para dos corazones, todavía no lograba apaciguar la animosidad del mayor, se decidió al gran sacrificio y exclamo entre sollozos: “Es mejor que te alejes, Juan. Como ves, Antonio no se calma. Parte a la buena de Dios: ve a buscar trabajo en las granjas vecinas. Si no lo encuentras, llega hasta Moncucco y pregunta por la familia Moglia, es rica, es buena te acogerá. Partirás mañana”.

 

Y al día siguiente, una glacial mañana de febrero de 1829, con su pobre lío bajo del brazo en el cual dos camisas y algunos pañuelos envolvían sus querido libros, el valiente hombrecito partió a la buena de Dios.

 

Dios velaba sobre sus pasos y, tal como su madre había previsto, lo dirigía a Moncucco. En casa de los Moglia, como en todas las granjas por donde había pasado, no querían darle colocación: en ese momento el trabajo faltaba y los peones no se necesitaban hasta fines de marzo; pero rogó de tal modo al jefe de la familia que acabó por tomarlo. Debía permanecer dos años bajo este techo hospitalario, peón de granja ejemplar que, habiendo entrado sin sueldo, vio aumentar sucesivamente su salario, a 15, 30, 50 liras anuales, tan leales y honestos eran sus servicios. De los trece a los quince años llevó en Moncucco la vida de los Becchi, durante la semana corría con la atención del establo y el domingo, en el patio de la granja, reunía los pocos muchachos de la aldea para enseñarles el catecismo, recitarles fragmentos de oficios o contarles hermosos cuentos.

 

Durante el verano, a la sombra de una morera, celebraba este embrión de patronato rural, menos numeroso pero no menos atento que el del burgo paterno. Su deseo de llegar al sacerdocio, más violento que nunca devoraba ese joven corazón: lo confesaba a sus amos.

 

-“Pero ¿cómo podrás llegar a estudiar, Giovannino? –preguntaban éstos- en nuestros días se necesitan de nueve a diez mil francos para llegar a ser sacerdote: ¿dónde los hallarás?

-Nolo sé, pero estoy seguro que llegaré”.

 

Y para no dejar enmohecer las enseñanzas de Don Calosso, continuaba repasando la gramática latina estudiada con el buen sacerdote, en los campos, mientras cuidaba los animales o en la granja las tardes de reposo.

 

En diciembre de 1829 pareció terminar la pesada prueba: una mañana, camino del prado de pastoreo, se encontró con su tío Miguel Occhienna, campesino enriquecido en la ganadería y que siempre le demostró simpatía.

 

-“Hola Juan, ¿estás contento en lo de Moglia?

-¿Cómo quiere que esté contento? Todos aquí son muy buenos conmigo, por cierto, pero no hay que hacerle, no puedo ahogar en mi corazón el deseo de estudiar y veo que los años pasan, pasan. Dentro de poco cumpliré quince años.

 

-¡Pobre Juancito! -dijo el tío, enternecido- bueno, esto corre de mi cuenta, deja tu rebaño en casa de tus patrones; échate tus trapitos al hombro y vuelve a los Becchi: yo voy a Chieri, de donde volveré esta noche; de pasada hablaré con tu madre y todo se arreglará. Ya verás”

 

feliz hasta donde es de imaginarse, volvió Juan a despedirse de sus buenos amos; éstos le habían cobrado tal afecto, que se les desgarraba el corazón al ver alejarse al pequeño boyero piadoso, dócil y trabajador, que durante veintidós meses había sido como una sonrisa de Dios bajo su techo.

 

Al anochecer de ese día, en los Becchi, la madre no quiso recibirlo, para que Antonio no creyese que la vuelta al hogar había sido combinada entre ella y su hermano Miguel. El pobrecito, tiritando, tuvo pues que esperar, en una zanja vecina, el regreso de su tío. Cuando éste pasó ya de noche, recogió a su pobre sobrino transido, y trepó con él a los Becchi. Ahí, consiguió que entrara en razón el terrible hermano y Juan tomó nuevamente su lugar en el hogar paterno.

 

Más no se hallaba al final de sus sufrimientos. Solicitados por su excelente tío, los curas de Castelnuovo y de Buttigliera se excusaron cuando les pidieron que continuaran las lecciones de latín al niño ya medio “cepillado”. “Demasiado trabajo –dijeron ambos- demasiado trabajo. ¡No damos abasto! ¿Cómo podríamos asumir esa responsabilidad suplementaria?”. Entonces se volvieron hacia Don Calosso, en quien debían haber pensado antes; la edad y los achaques lo habían obligado a renunciar y vivir retirado en Murialdo mismo. Aceptó con entusiasmo el volver a tomar su discípulo, y lo que es más, en su bondad, le dijo el admirable anciano: “No tiembles por tu porvenir, Juancito mío, yo pensaré en ti, te ayudaré mientras viva y si Dios me llama a Sí, he tomado mis disposiciones, para que puedas llegar al término de tus estudios”.

 

Todo obstáculo parecía haberse desvanecido, y la ruta, ante la imaginación deslumbrada del niño, se abría recta, clara, fácil de recorrer. ¡Cómo adelantaría!

 

¡Ay! Una vez más vio alzarse la voluntad formal del hermano mayor entre el deseo único de su vida y su realización, en adelante asegurada. Pero entonces, intervino la madre; habría aguantado hasta ese día, con la esperanza que su mansedumbre acabaría por romper la oposición de Antonio. Viendo que todos sus esfuerzos eran inútiles, tomó la determinación que iba a asegurar a la vocación del menor, la tranquilidad del hogar y el porvenir de sus tres hijos. Pidió la repartición judicial de los bienes paternos. Antonio trató de oponerse, pero en vano, Margarita se mantuvo firme, cansada de esas luchas en que podía zozobrar toda una felicidad humana y divina. Meses más tarde fue proclamada la división de condominio y Antonio, sin dejar la aldea, se alejó de la casa paterna. ¡Al fin podrían respirar los demás!

 

 

El final de una prueba

 

Esa vocación, defendida por la madre con tanta prudencia y valentía, había triunfado del obstáculo principal que se alzaba ante ella; mas no era ése el único; otro, también terrible, amenazaba detenerla en su camino: era la pobreza.

 

El buen Don Calosso, que tomó sobre sí el adelanto de su discípulo y prometió luego asegurarle su pensión en el Seminario, cayó fulminado por un ataque de apoplejía. No había hecho testamento, sus sobrinos heredaron pues sus bienes, sobre los cuales sin embargo, unos minutos antes de entrar en agonía, había expresado (¡ay! Por señas) su voluntad de reservar lo necesario para llevar a término la vocación de su discípulo. Juan se encontraba de nuevo en alta mar y tenía quince años cumplidos.

 

¿Qué partido tomar? A pesar del año escolar ya avanzado, resolvió la madre que el muchacho iría a Castelnuovo al curso de latín que dictaba un sacerdote de la localidad, al lado de la escuela primaria. ¡Con cuánta alegría se prestó Juanito al proyecto! Al principio, el entusiasmo le hacía recorre, sin resollar, los veinte kilómetros diarios que lo llevaban y traían de la escuela, mañana y tarde; para hacer economías, se le veía andar descalzo, con los zapatos al hombro, y al entrar al pueblo se los ponía. Pero semejante trajín hubiera acabado por agotarlo: por ello empezó a no volver para el almuerzo llevando consigo la bolsita de género que contenía su frugal alimento. Ciertas noches de invierno en que la borrasca arreciaba y la nieve cubría los caminos, no volvía y se alojaba en un cuchitril que le prestaba una familia amiga. Al último, Mamá Margarita comprendió que el interés de su hijo estaba en radicarse definitivamente en Castelnuovo; trató pues con un buen hombre del lugar, un tal Roberto, sastre, quien consintió en llevar a Juan a su casa, mediante la módica pensión en mercaderías, (huevos, granos y vino).

 

Fue la segunda separación de madre e hijo; al dejarlo no hizo ella más que una recomendación, pero ¡tan sencilla, tan protectora! “¡Sobre todo, Juancito mío, ama mucho a la Santísima Virgen!”.

 

La partida de Juan señaló la dispersión definitiva de la familia, pues poco tiempo antes José había arrendado una granja que codiciaba hacia mucho; demasiado pobre para afrontar solo los gastos de la empresa, se había asociado con un amigo, Febraro. La granja se llamaba el Sussambrino; Margarita dividía, pues, desde ahora, sus preocupaciones y fatigas entre este nuevo hogar y el de los Becchi que había quedado desierto.

 

En el Sussambrino fue Juan a reunirse con ella, cuando llegaron las vacaciones. Durante esos tres meses de asueto volvió a su primer oficio, llevando cada día los animales a pastoreo, trató de no perder nada de las nociones de gramática latina penosamente adquiridas en ese año. ¿Qué sería el siguiente?; se hacía esa pregunta con angustia, cuando recibió una doble respuesta del cielo y de la tierra.

 

Una mañana de agosto, un vecino de la granja, llamado Turco, lo encontró con cara de contento le preguntó:

-“¿Porqué estás tan campante hoy, Giovannino? Hace un tiempo te veía por lo menos preocupado, mientras que ahora...

-¡Oh! Es que ahora estoy seguro de llegar a ser sacerdote.

-¡Bah! ¿cómo así?

-Anoche tuve un sueño que me lo aseguró. Vi venir hacia mí a una gran señora que apacentaba un rebaño. Se acercó, me llamó por mi nombre y me dijo:

-“Juan, hijo mío, ¿ves este rebaño? Pues bien te lo confío.

-Pero ¿cómo haré, señora, para cuidarlo y preservar tantas ovejas y corderos? No tengo pastoreo donde llevarlos.

-No temas nada –dijo ella entonces- o velaré sobre ti y te ayudaré”. Y desapareció. “Como usted ve –dijo Juan- ahora puedo estar tranquilo”.

 

Y así lo fue tanto más cuanto que después de la respuesta del cielo llegó la de la tierra también cargada de esperanzas. Su madre lo mandaba a Chieri, la pequeña ciudad próxima, distante apenas veinte kilómetros, para proseguir en ella sus estudios con regularidad y en las escuelas oficiales del lugar. Había encontrado una buena mujer, la señora Matta, domiciliada en Chieri mismo, para vigilar a su propio hijo, externo en el Colegio, que consentía en tomar a Juan como pensionista por veintiún liras mensuales o un poco menos, si Juan aceptaba desempeñar el puesto de sirviente. Aceptó incontinenti y el acuerdo se celebró.

 

Pero había que vestirle  darle y darle su modesto ajuar, ¿dónde hallar con qué pagar todo eso y el trimestre adelantado de pensión? El joven Bosco se armó de todo su valor y, de puerta en puerta, fue a pedir a los buenos campesinos de Murialdo que le ayudaran en su piadoso propósito, por lo menos en especie. Nadie eludió esta caridad y su bolsa se llenó de granos, queso y huevos, cuya venta unida a una ofrenda del Cura de Castelnuovo, solicitada por un feligrés, permitió a Juan encaminarse, al comenzar noviembre, hacia Chieri, la ciudad de sus sueños, tan religiosa y tan buena, que antes, hacia el siglo XVI, había abrigado durante varios meses a San Luis Gonzaga. El fin de la gran prueba parecía cercano. Siete años de tormento terminaban en una dilatada esperanza. A pesar de la estación, el sol brillaba en el corazón de este joven de dieciséis años, que, el 4 de noviembre de 1831, emprendía el camino de Chieri. Sus anchos hombros se doblegaban al peso de una bolsa de harina y de otra de maíz que, al pasar por Castelnuovo, vendería para adquirir libros, cuadernos y plumas, pero su corazón se expandía ante el pensamiento que en lo sucesivo tenía el camino abierto.

 

Esta vez no se engañaba

 

 

El triunfo de una vocación

 

Chieri, donde el más joven de los hijos de Margarita iba a permanecer cerca de diez años, es una pequeña ciudad piamontesa reclinada al pie de los últimos contrafuertes de los Alpes. Ciudad de estudiantes y de fábricas de tejidos, pero también ciudad de conventos. ¿Qué orden religiosa no tiene allí su iglesia y su monasterio?

 

La vida que debían llevar los estudiantes pobres como el joven Bosco era muy dura. En nuestros días, una vocación sin recursos acaba por encontrar el bienhechor o la beca instituida que permitirán estudiar. Entonces, era muy raro. ¿Cómo se las arreglaban?

 

A menudo, heroicamente.

 

Por lo general, esos pobres estudiantes tomaban pensión en casa de conocidos que les ofrecían techo, lecho y pan. Se pagaba en dinero o especies con bolsas de cereales, patatas, castañas o brentas de vino; se pagaba también en servicios, poniéndose al volver de clase a disposición del dueño para toda clase de tareas. Los padres suministraban la alimentación. Y así, por ejemplo, cada sábado se veía llegar a Mamá Margarita con su gran pan para la semana y su provisión de maíz, harina y castañas. Sobre decir que hasta en las peores noches de invierno –el cual al pie de las montañas suele ser cruel- se ignoraba la dulzura de una llama. Se soplaba en los dedos, se golpeaban los pies y se volvían a inclinarse sobre los libros. Y estos libros, este papel, este tintero, estas plumas y todo lo demás, había que comprarlo con el sudor de la frente, colocándose a diestra y siniestra, unos para dar lecciones, otros para trabajos de escritura, los demás para servicios manuales.

 

La parte de miserias que tocó al hijo de Margarita no fue pequeña. Para pagar su pensión, aceptó con alegría, no sólo el empleo de sirviente en casa de su alojadora, sino también el de profesor para su hijo. Así vivió dos años, después de los cuales, habiendo terminado los estudios su alumno, Juan tuvo que buscarse otro techo a igual precio. Fue el de un confitero-fondero cuyo negocio lindaba con la plaza mayor de Chieri. Sus dos últimos años de humanidades transcurrieron en ese café que limpiaba por la mañana antes de partir para el curso y en el cual por la noche, a pedido de los jugadores de billar, quedaba de guardia para contar los puntos. Su habilidad le hizo aprender pronto la confección de las especialidades del lugar, hasta llegar a ser maestro, al punto que el patrón varias veces le ofreció hacer su fortuna comercial.

 

La proposición le hacía sonreír y, durante sus horas de alivio, continuaba estudiando su latín con intensidad; todavía se muestra, bajo la escalera del confitero, el oscuro reducto donde se alojaba y en el cuál, después de haber cerrado las puertas del café, a la vacilante luz de una vela de sebo, estudiaba sus lecciones y redactaba sus deberes.

 

Nunca le faltó valor y sin embargo Dios sabe cómo lo necesitó en ciertos momentos. Tenía dieciocho años, trabajaba desde el alba hasta tarde en la noche, sus músculos o su pensamiento no descansaban un minuto: ¡qué gasto de energía! Para mantener tal esfuerzo habría necesitado un régimen substancioso. ¿Ay! Aparte de la sopa tradicional proporcionada por su huésped, no tenía para engañar su apetito más que la magra ración semanal de maíz, patatas y castañas que le traía su madre. Más de una vez el estómago de este muchacho grande estaba en los talones y sus camaradas se percataban de ello. Uno, cuyo nombre de Blanchard nos ha sido conservado para la historia, se apiadaba frecuentemente y su postre pasaba a menudo de su bolsillo al de su compañero necesitado.

 

A pesar de estos obstáculos, quizá por ellos mismos, el joven estudiante adelantaba a razón de dos cursos por año. Así terminó en tres años su preparación para el Seminario Mayor.

 

Hasta ahora, bien o mal, a fuerza de privaciones y sacrificios había podido afrontar los gastos de sus estudios, pero, en vísperas de entrar al Seminario Mayor, se preguntó con angustia como pagaría su pensión. No más servicios, el reglamento y los escasos asuetos de la casa no los habrían permitido, y una cuenta implacable para saldar cada trimestre. Los humildes recursos de su Madre, acrecidos con caridades seguras, nunca habrían bastado. Entonces pensó hacerse religioso entrando en los Franciscanos. Los Padres tenían en Chieri un convento que frecuentaba asiduamente. Su vida frugal, llena de abnegación y oraciones, le había sonreído y él había conquistado las simpatías de los de la orden. Sin embargo, antes de dar el paso decisivo, quiso consultar con su párroco, Don Dassano. Hay que creer que las razones de Juan no le convencieron, pues a los pocos días le vemos asediar a Mamá Margarita para empujarla a influir sobre su hijo para que abandonara ese camino. “Ya no sois joven –la dijo- dentro de algunos años os hallaréis un poco cansada. Y ¿quién os recogerá si no es Juan, convertido en vicario o cura? En vuestro interés está obligarlo a renunciar a ese proyecto. En el suyo también, por lo demás, ya que, con las dotes que posee, no puede menos de triunfar en la vida, con lo cual os honrará.” La anciana madre dejó hablar a su pastor, le dio las gracias efusivamente por su interés, pero guardó su pensamiento para sí.

 

-“Ayer recibí la visita del Señor Cura –dijo a su hijo- ¿Parece que quieres hacerte Franciscano?

-Sí, mamá y creo que no os opondréis.

-Dios me libre. Sólo te pediré que estudies bien tu vocación. Después de esto, haz lo que quieras. Lo importante es salvar tu alma. El Señor Cura deseaba que te disuadiera de ese propósito, en consideración a mí y a mis últimos días. Esto no tiene nada, nada que ver en el asunto, no te amargues por mi porvenir. De ti no quiero nada, ni espero nada, todavía más, recuerda esto: he nacido pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre. Y te aseguro que, si por casualidad te decidieras por la vida de parroquia y llegas a enriquecerte, nunca pondré los pies en tu casa. No lo olvides”.

 

Este obstáculo de la pobreza, levantado contra la vocación de Juan, fue felizmente apartado por las generosidades y el consejo de un santo sacerdote de la región, el abate Cafasso, residente en Turín, quien le disuadió de entrar en el Convento. El 25 de octubre de 1835, a la edad de veinte años, revestía pues la sotana en la iglesia de Castelnuovo y cinco días más tarde se despedía de su madre en los Becchi para ingresar al Seminario Mayor.

 

La víspera de la partida, cuando ya se habían retirado los amigos y conocidos que habían acudido a saludar al joven seminarista, ella llamó aparte a ese hijo de su ternura y con los ojos clavados en los suyos, con un acento que siempre recordaría hasta en el invierno de su vida, hizo este conmovedor pedido: “He aquí que tú, hijo mío, has revestido la sotana. Adivina la dicha y la dulzura que este acontecimiento pone en mi corazón. Pero recuerda que no es el hábito el que honra al estado, sino la práctica de las virtudes. Si por desgracia llegas a dudar de tu vocación te imploro que no deshonres este uniforme. Quítatelo enseguida, pues prefiero que mi hijo sea modesto campesino, a que sea sacerdote negligente de sus deberes. Cuando viniste al mundo, te consagré a la Santísima Virgen; cuando comenzaste tus estudios, te recomendé casi exclusivamente la devoción a Nuestra Señora; ahora te suplico que le pertenezcas por completo. Ama a quienes la aman y si algún día llegaras a ser sacerdote propaga sin cesar la devoción hacia esta buena madre...”

 

Se detuvo vencida por la emoción. Su hijo lloraba. Después de un largo silencio le dijo: “Madre, antes de abandonarla para esta nueva vida, permítame que le agradezca cuanto hizo por mí. Sus consejos, grabados en el alma, serán como el tesoro del cual todos los días sacaré algo.

 

La tarde siguiente, el abate Juan Bosco franqueaba la pesada puerta del Seminario Mayor de Chieri; allí debía permanecer seis años, alimentado, sostenido, puede decirse, por la caridad de todos. Ya ella lo había vestido de pies a cabeza el día de la toma de su hábito; un notable del lugar había facilitado la sotana, el alcalde dio el sombrero, el cura proporcionó la capa y otro feligrés los botines. Un sacerdote eminente de Turín, Don Guala, Director del Colegio Eclesiástico , tan rico como caritativo, fue quien pagó su primer año de Seminario. Y para los siguientes he aquí como se las arregló el buen Juan: primero, cada año, obtuvo el premio de sesenta francos asignado al alumno que había merecido las mejores notas de conducta y de trabajo; a partir del segundo año de filosofía, se le concedió la media gratuidad con la cual frecuentemente se recompensaba a  los seminaristas estudiosos y necesitados; en el segundo año de teología, fue nombrado sacristán y por esto recibió sesenta francos de remuneración: el remanente de la pensión –y era todavía algo- fue saldado por Don Cafasso.

 

Juan estuvo seis años en el Seminario Mayor: dos años de filosofía y cuatro de teología. La víspera de su ordenación, los profesores emitieron una última apreciación sobre él, pusieron frente a su nombre: Plus quam optime: Mejor que muy bien.

 

Al terminar sus años de Seminario, tuvo un tercer sueño, tan expresivo como los dos primeros y que le vino a confirmar la voluntad del Cielo.  Al pie de la granja de su hermano se extendía un ancho valle que a sus ojos tomó repentinamente el aspecto de una populosa ciudad. Por sus calles y plazas hormigueaban una juventud abandonada a sí misma que jugaba, gritaba, blasfemaba. Los insultos poseían el don de sacarle de quicio; se lanzó hacia esos desgraciados y les intimó que se callaran, pero como no lo hacían, los amenazó con golpearlos. Trabajo perdido. Entonces pasó a los hechos y maltrató a los más desvergonzados. Estos contestaron, golpe por golpe, con fuertes puñetazos.

 

Agobiado por el número, el abate huía, pero un personaje misterioso le cortó la retirada y le ordenó volver hacia esos desgraciados y corregirlos mediante la persuasión. Por toda respuesta el soñador enseñó los coscorrones recibidos. Entonces el desconocido le presentó a una gran Señora, que se adelantó hacia él: “He aquí a mi Madre –dijo- sigue su consejo”. La dulce aparecida le envolvió en una mirada llena de bondad y murmuró: “Si quieres ganar el ánimo de esos muchachos, no los trates a puntapiés o puñetazos, pero sí conquístalos mediante la dulzura y la persuasión”. Así lo hizo entonces y, como en el primer sueño, esos niños se cambiaron primero en bestias salvajes para transformarse en seguida en los más mansos corderos.

 

Aguardando que surgiera la ocasión de transformar de ese modo el corazón de los niños, el abate Juan Bosco terminaba su formación en el Seminario Mayor. Fue ordenado subdiácono en septiembre de 1840  en Turín; diácono en la primavera del año siguiente y sacerdote el 26 de mayo, fiesta de San Felipe Neri.

 

Era un domingo. El jueves siguiente, para satisfacer los deseos de sus compatriotas, cantó la Misa Mayor en Castenuovo y presidió la procesión de Hábeas. Para festejar el acontecimiento hubo gran festín en la parroquia donde el arcipreste había invitado a todos los parientes de Juan, todo el clero de los alrededores y las personalidades del lugar.

 

Pero el nuevo sacerdote tenía prisa en sustraerse a estas ruidosas demostraciones de estima, para encontrarse a solas con su madre, frente a sus recuerdos comunes.

 

Al caer la noche, ascendieron pues ambos a los Becchi. Se supone la oleada de sentimientos tan intensos  como dulces que debían embargar los corazones de ambos. Estos caminos, esos senderos; ¡cuántas veces los había recorrido quince años atrás, alucinado por el sueño sublime y he aquí que de golpe, ese sueño se había tornado realidad! La última pendiente por subir atravesaba el prado al cual, una noche de invierno, se vio transportado en sueños y había  oído la voz de la Virgen que le trazaba su camino con toda claridad. También él había sido llevado por vías misteriosas pero seguras. Una mano de mujer y de madre –la más excelsa de todas las mujeres, la más tierna de todas las madres- había tomado su mano de niño y, a través de la prueba, le había llevado a esa cúspide: al sacerdocio. No había tenido más que dejarse conducir; no desesperarse nunca. ¡admirable historia! Al evocarla en esa hora recogida y tranquila, en esa humilde decoración de toda la juventud, el hombre sintió que una intensa emoción embargaba su corazón. Le faltaron palabras para traducirla y una ola de lágrimas brotó de sus ojos. El pequeño Juan de antes, el humilde pastorzuelo, hecho sacerdote, expresaba así la embriagadora gratitud de su alma.

 

Algunos pasos más y la pareja franqueaba el umbral de la cabaña, testigo de tantas escenas de alegría y lágrimas. La madre encendió la vela, fue a disponer todo para el reposo nocturno, luego, como hacía veinte años, las oraciones de la noche se elevaron al cielo desde esos dos corazones puros. Cuando estuvieron nuevamente de pie, la anciana madre, que, durante toda esa jornada colmada de emociones, había estado más bien silenciosa, tomó entre sus manos las de su hijo y con palabra grave y dulce le dijo: “Hete ya sacerdote, mi Juan. En lo sucesivo, cada día dirás Misa. Recuerda esto: empezar a decir la Misa es empezar a sufrir. No lo percibirás de inmediato, pero un día, con el tiempo, verás que tu madre tenía razón. Cada mañana, estoy segura, rezarás por mí. No te pido otra cosa. En adelante piensa sólo en la salvación de las almas y no te preocupes por mí”” ¡Admirables palabras! Terminaremos este capítulo con esta escena de pura belleza sobrenatural. También ella nos da la clave de todo un porvenir. Más tarde, cuando el hijo nos deslumbre por la grandeza de sus empresas, la pasión por Dios y las almas, su fe intrépida y tranquila, nos recordaremos de la humilde campesina de los Becchi, de la pobre mujer sin letras, pero de tan elevado espíritu, su madre, quien lenta, pacientemente durante quince años de miserias y privaciones había formado ese corazón de sacerdote.

 

Renato Bazin, el gran escritor católico, ha escrito: “Hay madres que tienen alma de sacerdote”. ¡Cuán justa, cuán apropiada es esta palabra cuando pensamos en la humilde campesina de los Becchi, que había sufrido y soportado tanto para ver ese día!

 

 

Orígenes dolorosos de una gran Obra

 

A salir del seminario, el joven sacerdote estaba indeciso entre varios empleos que le ofrecían; por último, siguiendo los consejos de su confesor Don Cafasso, un santo, aceptó ingresar al Instituto de San Francisco de Asís, donde algunos sacerdotes jóvenes se preparaban para su vida de apostolado, estudiando la ciencia de las almas bajo la dirección de sabios y piadosos maestros.

 

Se entregaba entre tanto a mil obras de caridad: catecismo, visitas a los enfermos en los hospitales, a los detenidos en las cáceles, a los pobres en sus miserables tugurios.

 

Turín, donde se había radicado, era a la sazón una capital en vías de engrandecimiento, con las plagas morales de nuestras ciudades modernas. El joven apóstol descubrió pues en sus primeras actividades piadosas, miserias que jamás habaría podido imaginar.

 

A su paso por los hospitales, vio las peores enfermedades consumiendo a pobres criaturas apenas formadas; en las cárceles, vio a los peores canallas mezclados fatalmente con otros semi-culpables, con jóvenes más débiles que pervertidos, acabando de corromperse; en las buhardillas, vio la miseria de las familias numerosas, su hacinamiento, el abandono moral de los niños; en la ciudad, en fin, en cada esquina, vio una cantidad de jóvenes obreros, atraídos por las nuevas industrias y la construcción de edificios y que no hallaban un alojamiento saludable y moral. La juventud, siempre y en todas partes, era la víctima en esa sociedad mal hecha, en ese mundo de pasiones e intereses desenfrenados. Comprendió entonces claramente el significado de su sueño de otrora: pastor de ovejas descarriadas; ésa era su misión. Se preguntaba cómo se las arreglaría, y por dónde empezaría; mas la respuesta no tardó en llegar.

 

En la mañana del 8 de diciembre de 1841, se disponía a decir Misa en la Iglesia de San Francisco de Asís. Mientras se revestía con los ornamentos, oyó el ruido de una pelea y volvió la cabeza: el sacristán zamarreaba a un muchacho, tratándolo de mendigo y de inservible: “Si no sirves ni para ayudar a Misa, puedes marcharte de aquí”, gritaba; y como el chico, asustado, no se movía, lo empujó brutalmente afuera. Don Bosco le ordenó enseguida al hombre que lo hiciera entrar de nuevo.

 

-“Vamos –le dijo- no tengas miedo, ¿cómo te llamas?

-Bartolomé Garelli.

-¿De dónde eres?

-De Asti.

¿Tienes padres?

-Han