Juanito Bosco en la escuela de Mamá Margarita

Padre Rafael Sánchez Vargas SDB

Ediciones Don Bosco

México

 

Preámbulo

 

“En la bula de la Canonización de Santo Tomás de Aquino se dice que, aun en el caso de que no hubiera hecho ningún milagro, cada artículo de su SUMMA era un milagro..

 

Y también ahora se puede muy bien decir que cada año de la vida de Don Bosco, cada día, cada momento de esta vida fueron un milagro, una serie de milagros”. Palabras de S.S. Pío XI, después de promulgar el decreto de la aprobación de los milagros para proceder a la Beatificación de Don Bosco.

 

 

Dedicatoria

 

...¿te acuerdas madre? Mi primer libro (Incienso) te lo ofrecí a ti... parece apenas ayer, y ya pasaron doce años... Una sola frase te expresaba todo mi sentir: A MI MADRE, QUE ME ENSEÑÓ A REZAR.

 

Este otro libro te lo dedico también.

 

Pero permíteme que no sea sólo a ti. Quiero que mi dedicatoria sea para todas las madres cristianas, primeras maestras de Religión y las mejores catequistas: sobre sus rodillas se aprende el divino lenguaje de la Oración, para entenderse con Dios y se descubre el camino del Cielo.

 

Para vosotras, pues, oh Madres –las de ahora y las de mañana y siempre- son estas páginas que esbozan la niñez de Juanito Bosco, al amparo de una escuela excepcional: la de Mamá Margarita.

 

Su ejemplo os ayudará a recordar una palmaria y muchas veces incomprendida verdad: que en vuestras manos está el destino y la suerte de la sociedad.

 

Meditad vuestra divina y a la vez tremenda responsabilidad: estrecháis en vuestro regazo los tesoros mayores de la tierra, que son los niños.

 

“Los niños (advertía San Juan Bosco), ¡Son algo sagrado! Son almas en las cuales está grabada la imagen de Jesús Redentor.

 

No lo olvidéis: un día Dios os pedirá cuenta de cómo habréis sabido resguardar su propia Imagen en las almas de vuestros hijos.

 

Dichosas vosotras, oh madres cristianas, oh calladas artífices del mejor de los talleres, que es el hogar, si aprendéis mejor, en la santa escuela de Mamá Margarita, este arte incomparable: el de pulir y perfeccionar la Imagen de Jesús en cada uno de los seres que son la prolongación y la más pura irradiación de vuestro propio ser.

 

Guadalajara, Jalisco, México.

Fiesta del dulce Nombre de María.

12 de septiembre de 1953.

 

 

 

Juanito Bosco

(Síntesis)

 

la primera grande revelación del apostolado de Jesús fue a los doce años.

 

Y fue una revelación en que se manifestó como pequeño y grande catequista. (“Al cabo e tres días José y María lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles... Cuantos le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas...” Lucas 2, 46-47)

 

Los doce primeros años de Juanito Bosco nos dan también la primera grande revelación de su apostolado.

 

Y en esa revelación se nos manifiesta (reflejo de Jesús Niño) como pequeño y grande catequista.

 

Estudiarlo, principalmente en este aspecto, es el objeto predominante de esta primera parte de la Vida de San Juan Bosco que va del 1815 al 1827.

 

Es la historia de su niñez, blanca y pura como un lirio del campo, envuelta en llamaradas de santo celo por el Reino de Dios.

 

Antes, empero, de hacer resaltar este apostolado, queremos hacer resaltar su sólida formación cristiana –base de este apostolado- poniendo de relieve la singular figura de Mamá Margarita, modelo de madres cristianas; y después la intervención directa de la otra Madre, la del cielo (¡María Auxiliadora!), la Señora de sus Sueños y su divina Maestra.

 

Estas dos Madres sacaron de Juanito Bosco al más grande catequista de los tiempos presentes.

 

 

La Cuna de la Obra Salesiana

 

Os invito a que vayamos juntos, en devota peregrinación, hasta Becchi, la Cuna de la Obra Salesiana.

 

Podemos imaginariamente, partir de Turín, la Capital del Piamonte, señorial y moderna al mismo tiempo, que  actualmente cuenta con más de un millón de almas.

 

Al amparo de esta gran ciudad, eminentemente eucarística y mariana, prosperan dos de las mayores maravillas italianas de caridad cristiana, mundialmente famosas: La pequeña Casa de la Divina Providencia de San José Cottolengo y la Casa del Oratorio de San Francisco de Sales. Ambas en la barriada de Valdocco.

 

La primera obra deja una sensación irresistible de compasión inmensa hacia la miseria humana, expuesta allí, (como en una exposición sin término y en casi todas sus inagotables manifestaciones); y deja también una marcada admiración hacia San José Cottolengo, Santo de ayer apenas y parece medieval, quien de su confianza en Dios, completa, sin reticencias de ninguna clase, y de su caridad incomparable derramada como un buen bálsamo (aceite y vino de amor de Buen Samaritano) sobre una Ciudad de Dolor, ha hecho y sigue haciendo la mejor Apología de la Religión Cristiana.

 

La segunda Obra, materialmente pegada a la anterior, y que surgió casi contemporáneamente, es, en otro orden, toda una revelación también de milagros de caridad moderna (y tan antigua como el Evangelio), a favor particularmente de la niñez y juventud desvalidas.

 

Y no cabe duda que visitando la conmovedora y estupenda Casa del Oratorio de Valdocco, Capital del mundo Salesiano, queda, entre otras mil deliciosas impresiones, una santa curiosidad de conocer los pormenores de la vida extraordinaria de San Juan Bosco, cuyas obras son apenas de ayer y ya se han arraigado en el mundo entero.

 

No os canséis buscando en guías turísticas el camino que nos llevará a Becchi, la cuna humildísima de la Obra Salesiana. Tengo andada más de una vez la senda y placer hallaré en ser vuestro guía.

 

El recorrido de Turín a Becchi es sólo de 27 kilómetros. Emprendamos, pues, la marcha.

 

Atravesamos “Piazza Vittorio Emmanuele” y después de recorrido uno de los grandes puentes del Río Po, vamos a salir a la pequeña plaza del Santuario a la Gran Madre de Dios y poco después le decimos adiós a Turín.

 

La esbelta y atrevida Cúpula que acabamos de dejar atrás, a mano izquierda, sobre la Colina de Superga, como en un mausoleo imponente, guarda las tumbas de la Casa Saboya, la dinastía tal vez más vieja de Europa.

 

Por buena carretera llegamos hasta la Ciudad de Chieri, que se halla como a la mitad de nuestra  gira.

 

Aquí doblamos a la izquierda y proseguimos hasta una población que ya tiene nomenclatura salesiana:

Castelnuovo Don Bosco (antes Castelnuovo de Asti)

 

Ahora tenemos que doblar a la derecha y entrar por carretera de menos importancia. No os impacientéis. ¡Ya estamos cerca!

 

Unos cuantos kilómetros más y sin necesidad de tocar Murialdo (que Don Bosco reconoce como su tierra natal y que ya tendremos ocasión de visitar con calma) llegamos, por fin, a Becchi.

 

Os sorprendéis, ¿verdad? Claro, no es ni una aldea siquiera. Es un simple caserío. Ahora se llama Colle Don Bosco: Colina Don Bosco.

 

Becchi posee al presente una magna Obra Salesiana, con Santuario a María Auxiliadora ay con un grandioso Instituto llamado Bernardi-Semería, para la enseñanza de las Artes Gráficas.

 

Pero lo que ahora nos importa a nosotros es subir la pequeña Colina, y contemplar, tal como era hace ciento cincuenta años, la sagrada Casita donde nació nuestro Santo Padre Don Bosco.

 

¿Es la misma? Sí, la misma, gracias a Dios. Se ha querido conservar, en lo que cabe, intacta (hechos sólo los imprescindibles retoques de conservación), como una verdadera reliquia, esta pobrísima casita que fue testigo del nacimiento y de la niñez de nuestro Santo.

 

¡Cómo se agolpan las lágrimas a los ojos!... ¡Cómo late fuerte el corazón al contemplar la destartalada escalera e madera y al recorrer con una devoción única esta desmantelada vivienda, que es el germen fecundo de cerca de dos mil construcciones salesianas esparcidas por la faz de la tierra.

 

Una vez visitado Turín, Valdocco queda guardado en la memoria y en el corazón. Pero una impresión aún más honda, aún más imborrable deja Becchi, que tiene algo del sabor del cielo del Establo de Belén.

 

 

El principio de una historia... casi leyenda

 

Y vamos a buscar el principio de una historia que, siendo auténtica historia moderna, tiene sabor de7 leyenda.

 

Descorramos el telón del tiempo... y desandemos (¡no mucho camino!... ¿verdad?) siglo y medio.

 

Es el 16 de agosto de 1815. aún hay aire de fiesta e el ambiente: ayer se conmemoró la Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos.

 

Y ved: como un regalo de la misma Madre de Dios, nace hoy en la pobrísima casucha de la Colina de Becchi el futuro Apóstol de la Virgen Auxiliadora, que en la tarde del día siguiente es bautizado en la Iglesia de Capriglio con los nombres de Juan Melchor.

 

Se llaman sus padres Francisco Luis Bosco y Margarita Occhiena.

 

¿Qué abolengo tienen?

 

“Eran, confesará humildemente Don Bosco en sus memorias, campesinos que con el trabajo y la frugalidad se ganaban honestamente el pan de la Vida”.

 

Apunto aquí, a modo de brevísima reseña, los principales datos cronológicos de la familia Bosco.

 

El padre nació el 4 de febrero de 1784. se casó muy joven, tuvo un hijo por nombre Antonio el 3 de febrero de 1803. enviudó el último de febrero de 1811 y pasó a segundas nupcias con Margarita Occhiena el 6 de junio de 1812.

 

Margarita había nacido el 1 de abril de 1788, en Capriglio, aldea a 7 kilómetros de Murialdo.

 

El primer hijo de ambos nació el 8 de abril de 1813 y se llamó José.

 

El segundo y último fue Juan Melchor.

 

Con rápidos y fuertes rasgos Don Bosco describe el esfuerzo denodado de este noble campesino para mantener a su anciana madre y a sus tres hijos.

 

“Mi buen padre, casi únicamente con su sudor, proveía al sustento de la abuela septuagenaria, afligida de varios achaques; de tres niños, de los cuales el mayor Antonio, hijo de primeras nupcias; el segundo José, el más pequeño Juan, que soy yo, y además de dos jornaleros que trabajaban con él en las faenas del campo.

 

 

Pobre hijo mío, ya no tienes padre

 

¡Qué poco le duraron a Juanito los mimos y caricias del amor paternal!...

 

y decir que él, como pocos hombres en la tierra, disfrutaría de los gozos de la paternidad... qué tendría el título de Pater Multarum Gentium (Padre de muchos pueblos)... y que sobre su tumba gloriosa se colocaría este epitafio: Orphanorum Pater (Padre de los Huérfanos).

 

Jamás olvidaría aquellas siete palabras de fuego salidas de los labios de su madre y que se le clavaron en el corazón como siete espadas:

¡Pobre hijo mío, ya no tienes padre!

 

“Yo no llegaba aún a los dos años, narra él mismo, cuando Dios misericordioso me hirió con gran desgracia.

 

Mi amado padre, lleno de vigor, en la flor de la edad, animadísimo en dar educación cristiana a sus hijos, un día, habiendo llegado del trabajo a casa bañado en sudor, irreflexivamente bajó a la subterránea y fría bodega.

 

Debido al brusco cambio de temperatura, se le manifestó aquella misma tarde una violenta fiebre, acompañada de un ligero constipado.

 

Resultó inútil todo cuidado y en pocos días se encontró al borde de la muerte.

 

Confortado con todos los auxilios de la Religión, recomendando a mi madre la confianza en Dios, cesaba de vivir a la buena edad de 34 años, el 12 de mayo de 1817.

 

No sé lo que haya ocurrido en aquella luctuosa circunstancia: solamente me acuerdo y es el primer hecho de mi vida del que guardo memoria, que todos salían del cuarto del difunto y yo quería a toda costa permanecer allí.

 

-¡Ven, Juan, ven conmigo!... repetía mi adolorida madre.

-Si no viene papá, yo no quiero ir, contesté.

-¡Pobre hijo mío! Replicó mi madre, ven conmigo... ¡Tú ya no tienes padre!

 

Dicho esto rompió en sollozos, me tomó de la mano y me llevó fuera, mientras yo lloraba, porque ella lloraba, ya que en aquella edad no podía ciertamente comprender cuán grande infortunio fuese la pérdida del padre”.

 

¡Pobre huerfanito de escasos dos años!

No cabe duda: en esta edad “no puedes comprender cuán grande infortunio sea la pérdida del padre”.

 

Pero para ti no habrá palabra que te fascine más y que más quieras encarnar en tu vida que ésta que oíste entre los sollozos de tu madre viuda: ¡Padre!...

 

Será como una canción te lo diré con el poeta de la India R. Tagore:

 

“Que te envolverá con su música...

Que te tocará en la frente como un beso de bendiciones...

Que llevará tu corazón como las dos alas de tus sueños...

Que, cuando la noche negra se tienda en tu camino, será sobre tu cabeza, como una estrella fiel...

Y se sentará en la niña de tus ojos...

La voz de tu padre, Juanito, enmudeció con la muerte, pero su canción te seguirá hablando en tu corazón vivo...”

 

 

El hambre

 

Y hasta el umbral de este hogar, desgarrado por la muerte, llegó el espectro terrible del hambre.

 

Juanito no tuvo entonces conciencia de este nuevo flagelo que azotaba a su familia.

 

“Desde aquel día (de la muerte del padre), narraría él más tarde, hasta la edad de cuatro o cinco años, no me acuerdo de cosa alguno. De esta edad en adelante me acuerdo de todo lo que hacía”.

 

Esta laguna de su memoria, de los dos a los cuatro o cinco años, quedó llenada suficientemente por las narraciones de su madre.

 

Y a base de ellas nos hará Don Bosco en sus memorias unas descripciones tan plenas de patética veracidad, tan palpitantes de sobrio dramatismo, y de un realismo tan completo que parecerán páginas de Manzoni describiéndonos análogas escenas del hambre en Milán en el año 1628.

 

He aquí la narración:

 

“Este hecho puso a toda la familia en la consternación. Había cinco personas que mantener; las cosechas del año, único recurso nuestro, quedaron fallidas por una terrible sequía; los comestibles llegaron a precios fabulosos. El trigo se pagó hasta a 25 francos la “emina”; el maíz o la “meliza” a 16 francos.

 

Muchos testigos contemporáneos me aseguran que los mendigos pedían con ansiedad un poco de salvado para ponerlo a hervir con los garbanzos o con los frijoles para tener qué comer.

 

Se encontraron personas muertas en los campos con la boca llena de hierba, con la que habían intentado apaciguar su rabiosa hambre.

 

Mi madre me contó muchas veces que dio alimento a la familia hasta que tuvo; después entregó una suma de dinero a un vecino llamado Bernardo Caballo, para que fuese en busca de comestibles.

 

Este amigo fue a varios mercados y no pudo adquirir nada ni aun a precios exorbitantes.

 

Regresó al caer la tarde, cuando ya era ansiadísima su vuelta; pero el anuncio de que nada traía consigo sino dinero, el terror invadió la mente de todos; ya que en aquel día, habiendo recibido cada uno un escasísimo alimento, se temían las funestas consecuencias del hambre por la noche.

 

Mi madre, sin desfallecer, fue con los vecinos para que le prestaran algún comestible, pero no encontró quien estuviera en grado de venir en ayuda suya.

 

-mi esposo –dijo entonces, en punto de muerte me recomendó que tuviese confianza en Dios. Venga, vamos a arrodillarnos y recemos.

 

Después de breve oración se levantó y dijo:

-¡En los casos extremos se deben emplear medios extremos!

 

En seguida, con la ayuda del mencionado Bernardo Caballo, se fue al establo, mató un ternero y haciendo cocer una parte a toda prisa, pudo con ella saciar el hambre de la desfallecida familia.

 

Después se pudo, para los días siguientes, conseguir provisiones de cereales, que, a carísimo precio, lograron hacer llegar de lejanos países.

 

Cada uno puede imaginar cuánto haya debido sufrir y fatigarse mi madre en aquel calamitoso año. Pero con un trabajo denodado, con una economía constante, con un ahorro de las más menudas cosas, y con alguna ayuda verdaderamente providencial se pudo pasar aquella crisis alimenticia.

 

Estos hechos me fueron muchas veces contados por mi madre y confirmados por los vecinos y parientes.”

 

 

Mamá Margarita

 

“La madre cristiana (qué bien lo dice E. Enciso Viana en el Evangelio de la Madre), sabe que ella es la clave de la sociedad, el eje de la Patria y la cantera encargada de suministrar santos que en el cielo gocen y alaben al Señor por toda la eternidad.

 

Que es la cooperadora de dos de las obras más grandes de Dios: en su seno se reproduce de alguna manera la creación y sobre sus rodillas se opera la santificación.”

 

Mamá Margarita, ¡dichosa y santa madre cristiana! Ella sí tenía perfecta conciencia de su gran misión maternal.

 

Y en esos términos Mamá y Margarita se eslabonaron tan inseparablemente en ella que así ha pasado a los dominios inmortales de la historia.

 

“Mamma Margherita” suena a canción de cuna en el dulce lenguaje italiano...

 

“Mamá Margarita”, así la llamaba Juanito... así la llamó ya sacerdote Don Bosco y así la han llamado y la seguirán llamando con ternura filial y como si pronunciasen con devoción una jaculatoria, todas las generaciones salesianas.

 

Le dedicamos a esta mujer, de grandeza espiritual extraordinaria, una mención de admiración y cariño.

 

Notemos incidentalmente un curioso y significativo detalle. Mamá Margarita nació en 1788. su hijo Juan Bosco moriría en 1888.

 

De extremo a extremo, madre e hijo complementan un siglo. Y en este círculo que los circunda en la órbita del tiempo parece convertirse también como en una misma aureola de santidad que los envuelve a los dos en una sola ráfaga de luz.

 

¡Don Bosco fue, antes que todo, el fruto sazonado de una madre santa!

 

Nacido Margarita un año antes que estallara la Revolución Francesa, parece colocada por la Providencia Divina como broche de oro, entre el morir de una época y el nacer de otra, en la que su hijo Juan ocuparía un puesto de privilegio como genio del Bien y como un gran líder de vanguardia en el movimiento social cristiano.

 

Tenía ella doce años cuando su tierra piamontesa, tras la batalla de Marengo, se convertía en provincia francesa, aprisionada dentro del puño de hierro napoleónico.

 

Y después por más de quince años seguidos, asistiría, desde las tierras de Castelnuovo, al ir y venir de tropas, al flujo y reflujo de una marea creciente de sangre y conquistas, de impiedades y ambiciones, de deslumbrantes grandezas y repugnantes devastaciones del omnipotente emperador de Francia y casi señor de Europa, Napoleón Bonaparte.

 

Era iletrada. Pero en cambio recibió una sólida instrucción religiosa y una auténtica educación cristiana a base de sacrificios y fortaleza de ánimo.

 

He aquí como el príncipe de los biógrafos de San Juan Bosco, el gran escritos salesiano D. Juan B. Lemoyne dibujó con sobrios rasgos la semblanza espiritual de Mamá Margarita:

 

“Aun jovencita había aprendido a dividir su tiempo entre la oración y el trabajo. La iglesia, a donde iba a cumplir sus deberes religiosos, asistiendo a la Santa Misa, frecuentando los Santos Sacramentos, escuchando la palabra de Dios, era el lugar de sus delicias, el centro de sus afectos; mientras que provista de una fuerza de voluntad no común y de la gracia divina, regulaba todas sus acciones según la ley del Señor y a la tal ley ponía como solo límite de la propia libertad.

 

Por tanto, recta de conciencia, en los afectos, en los pensamientos, segura en los juicios respecto de los hombres y de las cosas, de modos desenvueltos, franca en el hablar, no sabía lo que eran titubeos o temor”.

 

Cuando a los 24 años se casó, el 6 de junio de 1812, con Francisco Luis Bosco, ya estaba preparada para formar un hogar como esposa y madre cristiana.

 

El casi repentino fallecimiento de su consorte la hizo, irremediablemente, surgir a primer plano. Y en verdad estuvo a la altura de las circunstancias.

 

Como su figura se agigantó entonces y sin perder la ternura y delicadeza de sus rasgos femeninos y particularmente maternales, se revistió, como de una coraza, de un temple tan masculino y paternal que imprimió a su carácter y a su vida una reciedumbre capaz de afrontar serena todos los embates de la fortuna.

 

Y así la preparó Dios par el gran magisterio de educadora y santificadora de su hijo más pequeño.

 

“La psicología no juzga exagerada la aserción  de Jean Paul al decir que el niño aprende más en los cuatro primeros años de su vida que durante cuatro años de universidad.

 

“Realmente es exagerado el dicho de que la educación del niño se concluye a los seis años de edad; pero es verdad que, para su ulterior educación, las primeras impresiones son en absoluto decisivas, y que el valor de la educación posterior depende de la solidez y perfección de los cimientos colocados en los primeros años.

 

En cambio omitir la educación de la primera edad viene a ser –como dice Fenelón- un segundo pecado original; algo importante y necesario faltará al alma durante toda la vida (Thamer Toth. Formación religiosa de los jóvenes. P. 100- 102-104)

 

De los dos a los nueve años puede decirse que Juanito no tuvo ninguna otra escuela regular y permanente fuera de la de su mamá Margarita.

 

Y así como entonces aprendió Juanito a hablar y despertó a todas las más firmes impresiones del vivir; así como entonces adquirió la primera robustez física de roble, del mismo modo también fue entonces cuando echó los fundamentos básicos de su espiritualidad y de su peculiar gigantesca santidad.

 

Con un don de asimilación tan singular como el de este niño precoz, puede decirse que toda el alma de Margarita se volcó en el virgen y sediento recipiente del alma de Juanito.

 

 

Oigamos a Don Bosco mismo dándonos testimonio de la excelencia educativa de su madre:

 

“Pasada aquella terrible penuria (del año 1817) y vueltas las cosas domésticas a estado mejor, le fue hecha propuesta de un conveniente partido a mi madre; pero ella repuso constantemente: Dios me ha dado un esposo y me lo ha quitado; al morir él me confió tres hijos, y yo sería madre cruel si los abandonase en el momento en que tienen mayor necesidad de mí.

 

Se le replicó serían confiados a un buen tutor, que tendría gran cuidado de ellos.

-El tutor, repuso la generosa mujer, es un amigo, yo soy la madre de mis hijos: no los abandonaré jamás, aun cuando se me quisiera dar todo el oro del mundo.

 

Su cuidado máximo fue instruir a sus hijos en la religión, encaminarlos en la obediencia y ocuparlos en cosas compatibles a aquella edad.

 

Desde que yo era pequeñuelo me enseñó ella misma las oraciones.

 

Apenas fui capaz de asociarme a mis hermanos, me hacía poner con ellos de rodillas, mañana y noche y todos juntos rezábamos las oraciones en común y la tercera parte del rosario.

 

Me acuerdo que ella misma me preparó a la primera Confesión, me acompañó a la iglesia; comenzó a confesar ella misma, me recomendó al confesor, después me ayudó a dar gracias. Ella continuó prestándome la misma ayuda hasta que me juzgó capaz de hacer solo dignamente la Confesión”.

 

 

Las lecciones de Mamá Margarita

 

He apuntado arriba que Mamá Margarita era iletrada. Pero para ser la maestra de Juanito le llevaba sobradas ventajas a los más grandes sabios según el mundo.

 

Tenía la ciencia de Dios. Sabía interpretar el libro de la Vida y sabía también leer el gran libro de la Naturaleza, “que narra la gloria de Dios”.

 

El P. Lemoyne que oyó y escribió casi bajo el dictado mismo de Don Bosco, la vida de esta verdadera mujer fuerte, nos la presenta adornada  de no comunes dotes catequísticas”

 

“Ella estaba convencida que al amor de Dios, a Jesucristo, a María Santísima, el horror al pecado, el temor de los castigos eternos, la esperanza del paraíso, de nadie se aprenden tan bien ni se graban tan profundamente en el corazón, como por los labios maternos”.

 

“Mamá Margarita conocía la fuerza de tal educación cristiana. Siendo mujer de gran fe, encima de todos sus pensamientos como también sobre sus labios estaba siempre Dios” (P. Ricaldone, Oratorio Festivo, p. 204)

 

Para tener una idea de sus enseñanzas nos basta oír algunas de sus lecciones prácticas:

“Juanito, ¡Dios te ve!

Te ve cuando te encuentras lejos de mí, solo en el campo. Cuando el rencor quiera adueñarse de tu corazón, recuerda: Dios ve hasta los últimos pliegues de tu pensamiento.

 

Cuando tengas intención de decir alguna mentira, recuerda: Dios ve hasta los últimos rincones de tu alma y penetra a los más ocultos pensamientos.

 

¡Dios te ama!... señalándole, en una noche tranquila el cielo estrellado:

Juanito ¡cuánto nos ama Dios!... es Él quien ha creado par nuestro bien la tierra y todas las cosas, y ha colocado sobre nosotros tantas estrellas. Si es tan bello el firmamento, ¿qué cosa no será el Paraíso?

 

En primavera, ante el campo lleno de verdor y hermosura, al rayar el día, o en los esplendores de un ocaso tranquilo:

“Juanito ¡cuántas cosas bellas ha hecho Dios para nosotros!...

 

Ante el espectáculo sublime y terrorífico de la tempestad, mientras relampagueaba el rayo o ensordecía el retumbar del trueno:

“Juanito, ¡qué poderoso es el Señor!...

¿Quién podrá resistirlo? No cometamos, pues, pecados”.

 

Cuando el azote del granizo devastaba los viñedos y arruinaba las cosechas exclamaba:

“El Señor nos lo ha quitado. Él es el dueño. ¡Todo es para nuestro bien!: pero sepamos que para los malos son castigos, y con Dios no se juega”.

 

Cuando el temporal era bueno y la cosecha abundante, exclamaba agradecida:

“Demos gracias al Señor... ¡Qué bueno ha estado con nosotros dándonos el pan de cada día!”

 

en invierno, mientras estaban reunidos junto al fuego, y afuera caía la nieve y soplaba el viento huracanado:

“Cuánto debemos agradecer al Señor que nos provee de todo lo necesario. Dios es verdaderamente Padre: Padre nuestro que estás en los cielos!”.

 

Pero las principales lecciones de Margarita las daba con su vida entera... el ejemplo viviente de su obrar cristiano era más elocuente que todo lo que podía decir con palabras..

 

La madre sobrevive en el hijo no solamente en su ser humano, sino que es el heredero de su alma.

 

Con cuánta razón Juan Bautista Lemoyne afirma: “Juanito copió en sí todas las virtudes de su madre. Nosotros veremos resplandecer en él la misma fe, el mismo amor a la oración, la misma fortaleza, la misma intrepidez, el mismo candor, el mismo celo por la salud de las almas, la misma sencillez y benevolencia de modales, la misma caridad y laboriosidad incansable, la misma prudencia en el emprender y llevar a término los asuntos y vigilar con suma caridad a las personas que del él dependían, la misma calma en las adversidades, la misma confianza en el Señor; dotes todas que se reflejaron en él al sentir de Margarita y que se imprimieron en su alma como la lente fotográfica imprime sobre la placa las imágenes que tiene delante”.

 

Pero mérito especialísimo de Mamá Margarita fue descubrir el talento y el genio peculiar de  Juanito, y sin atrofiarlos, corregir lo malo que podía haber en ellos y encauzar lo mucho bueno por los santos caminos de Dios.

 

Nuevamente nos valemos de las palabras del Padre Lemoyne, que tan profundamente conoció a Dio Bosco: “Juan manifestaba una mente en extremo despejada; apego a sus propios juicios; tenacidad de propósitos, y su buena madre lo acostumbró a una perfecta obediencia, no halagándole el amor propio, sino persuadiéndole a doblegarse a las humillaciones inherentes a su estado.

 

Al mismo tiempo no ahorró ningún medio para que pudiese dedicarse a los estudios y esto sin afanarse exageradamente, dejando que la Divina Providencia determinase el tiempo oportuno.

 

El corazón de Juanito, que debía tener inmensas riquezas de afecto para todos los hombres, estaba lleno de exuberante sensibilidad, que podía haber resultado peligrosa si hubiese sido secundada. Pero Margarita no rebajó jamás la majestad de madre a tontas caricias o a compadecer o tolerar lo que tenía sombras de defecto, evitando al mismo tiempo todo modo áspero o manera violenta que  lo exasperase o le fuese motivo de enfriamiento en sus afectos filiales.

 

Juanito tenía aquel sentido de seguridad en el obrar que es necesario a quien está destinado a dirigir, pero que puede fácilmente degenerar en soberbia. Y Margarita no titubeó en reprimir los pequeños caprichos desde un principio, cuando él aún no podía ser capaz de responsabilidad moral.

 

Después lo verá ocupar el primer lugar entre sus compañeros con el fin de hacerles el bien y observará en silencio sus acciones, no contrariará sus pequeñas empresas y no sólo lo dejará libre para que obre a su gusto, sino que le procurará los medios necesarios, aun a costa de privaciones. Así ella se insinuará dulce y suavemente en su ánimo y lo plegará a hacer siempre lo que ella quiera.

 

Aprovecha mucho observar debidamente a esta dignísima madre cristiana en su oficio de educadora.

 

Viendo tanta juventud crecer descaminada e irreligiosa se observa que una de las principales causas es que las madres no enseñan ya las oraciones y el catecismo a sus hijos. El sacerdote en el templo enseña con celo las verdades eternas a los niños; el maestro en la escuela, si es buen cristiano, hace estudiar y explica el catecismo; pero será siempre una instrucción limitada a aquel momento y frecuentemente perturbada por mil distracciones, de tal suerte que todos los jovencitos aprende, pero no todos quedan impresionados.

 

En cambio la instrucción religiosa que imparte una madre con la palabra, con el ejemplo, con el confrontar la conducta del hijo con los preceptos particulares del catecismo, hace que la práctica de la Religión se convierta en una segunda naturaleza y se aborrezca el pecado por instinto como por instinto se ama el bien y el ser bueno se convierte en hábito y la virtud no cuesta gran esfuerzo. Un niño educado así deberá hacerse violencia a sí mismo para llegar a ser malvado.

 

Margarita conocía la fuerza de tal educación cristiana; por esto muy a tiempo y con grande amor enseñaba a los hijos las oraciones y el catecismo; y así hizo con Juan, el cual, si bien era el más pequeño de los hermanos, sin embargo, desde que fue asociado a los otros en el rezo de las oraciones de la mañana y de la noche, no sólo se convirtió en el más fervoroso en cumplir estos deberes, sino que era el primero en recordarlo cuando llegaba la hora.

 

Cada domingo y cada fiesta de precepto ella lo conducía con sus hermanos a escuchar la Santa Misa a San Pedro, la Iglesia de la población de Murialdo, donde el capellán predicaba y daba un poco de catecismo, que Margarita no dejaba de continuar por su cuenta todas las noches y que también Juanito gustaba tanto de repetir a la mamá, a la abuela, a los hermanos y a los compañeros.

 

 

Diálogos entre madre e hijo

 

Escuchemos algunos breves diálogos entre Mamá Margarita y Juanito. Ellos nos darán más luces sobre la índole del pequeño educando y sobre las sencillas, pero utilísimas y prácticas lecciones educativas de esta primera plasmadora de la santidad de Don Bosco.

 

Tiempo de verano. Juanito tiene apenas cuatro años. Entran a casa José y él, muertos de sed. Piden agua a mamá. Complaciente ella la da, pero ofrece primero el vaso  José. Juanito disgustado de la preferencia hace una señal con la cabeza manifestando que no quiere agua. Margarita sin decir palabra, retira el vaso y lo coloca sobre la mesa. Un momento de silencio...

 

Tímidamente habla Juan:

-Mamá...

-¿Qué quieres?

-¿Me da un vaso con agua también?

-Creía que no tenías sed...

-Mamá, perdóname.

-Está bien. Toma y bebe.

 

Otra vez, Juanito ha hecho alguna travesura.